viernes, 13 de septiembre de 2013

La otra lengua

El universo de los sordos por una periodista que estudia lenguaje de señas. 
—Hija ¿estás sorda? —me preguntaba mi madre cada vez que llegaba del trabajo. Se acercaba al sillón donde estaba acostada mirando los dibujos animados y me daba un beso en la frente. Acto seguido bajaba el volumen del televisor. Decía que escuchaba con el sonido muy alto y que miraba muy de cerca la pantalla. Si bien la mayoría de las veces no sentía el ruido de las llaves en la cerradura y me sorprendía su llegada, yo no notaba que escuchara mal. Pero mis padres se dieron cuenta de que a veces no respondía ante un primer llamado y que también preguntaba muchas veces "qué". Tomaron estas señales como alerta y sospecharon que algo andaba mal en mis oídos.
Ya desde bebé había sufrido muchas infecciones en el tímpano. La otitis, muy común en los niños, era un clásico en mi libreta sanitaria. Cada dos meses la padecía. Unas gotas de antibiótico en el oído y un tiempo sin bañarme era la solución que proponía el pediatra para evitar complicaciones. Mientras que mi madre me tumbaba de lado sujetándome las manos, mi padre me tiraba la oreja ligeramente hacia atrás y con paciencia me echaba el número exacto de gotas aconsejado, aunque no siempre funcionaba. Una vez ronqué tan fuerte que mi tía preguntó quién era el hombre que estaba durmiendo en mi habitación.
—¿Cómo que es Gilda? Parece el ronquido de alguien que fumó toda la vida, pobrecita la nena —dijo.
Yo era un bebé.
Como los episodios de otitis seguían siendo recurrentes mis padres decidieron acudir a un especialista. El otorrinolaringólogo les ordenó hacerme una audiometría, que sirve para determinar si una persona oye bien o no. En ese entonces tenía seis años. El doctor me llevó a una cabina insonora: el piso estaba alfombrado y tenía las paredes cubiertas de paneles enchapados rellenos con espuma. Me senté cómodamente y me indicó ponerme unos auriculares que estaban colgados de la pared.
—¿Podés escuchar este sonido? —me preguntó a la vez que él apretaba unos botones de distintos colores. El especialista, detrás de un vidrio, reproducía una serie de sonidos de mayor a menor volumen y yo tenía que levantar la mano cada vez que los escuchaba. Para mí fue un juego que duró veinte minutos; desde adentro de la cabina jugaba a ser periodista. En mi imaginación le hacía señas al operador para grabar el programa en el estudio de radio.
Al final los resultados de la audiometría mostraron que tenía una disminución en la audición y los médicos aconsejaron operarme. Decidieron ponerme diábolos, unos tubitos que se colocan en el oído y que son más pequeños que un grano de arroz. Fue en la Clínica del Niño durante un verano. Una enfermera me hizo soplar un globo rojo y después no me acuerdo más nada. Mis padres recuerdan que duró unos pocos minutos. La anestesia general me impidió sentir cómo primero me hicieron una incisión en el tímpano y luego me extrajeron el moco para después terminar poniéndome los diábolos y así permitir que el oído se ventilara. El doctor nos había dicho que se caerían solos después de unos meses. Pero no fue así y al año él mismo me los sacó. Por fin me deshacía de ellos, o al menos eso creí.

Porque en realidad los diábolos quedaron en casa. Los encontré, luego de muchos años, dentro de una pequeña caja verde. Yo estaba buscando unos aros y ahí estaban ellos, mis aparatos correctivos, junto a mis dientes de leche. Mi vieja aún los conservaba. Habían sobrevivido a diez mudanzas y tres inundaciones. Los miré como si fueran dos acertijos. Como si guardaran información sobre mí.

***
Encontré mis diábolos en el 2011, el año en el que empecé a aprender lenguaje de señas. Nunca había relacionado mi necesidad de aprendizaje con el episodio de mi infancia, pero esos adminículos estaban ahí, en esa caja, para hablar de un comienzo. Lo que sucedía, en el 2011, era apenas la continuación.
Aún recuerdo la primera clase. Estaba ansiosa. Caminé a las apuradas con mi cuaderno bajo el brazo creyendo que se me hacía tarde. Cuando llegué a la Asociación Sordomudos La Plata toqué timbre y esperé. No pasó nada. Volví a tocar. Nada; no escuché ni siquiera el sonido del timbre. Pensé que quizás no andaba. Me soné entonces los dedos y golpeé con fuerza la puerta pero tampoco hubo respuesta. Al instante llegó un hombre, sacó un manojo de llaves y abrió. Sin hablar me señaló las escaleras. Luego cerró la puerta. Subí al primer piso y de a poco fueron llegando también los que —supuse— serían mis compañeros. Éramos alrededor de veinte. Pero el timbre nunca sonaba y no entendía qué pasaba. Hasta que lo vi. Una lámpara redonda, colgada de la pared, se encendía avisando cada vez que alguien llegaba al lugar. El lenguaje era visual: eso fue lo primero que aprendí aquel día en la clase de lengua de señas argentinas (LSA). Lo que en ese momento no sabía era que —lejos de ser una experiencia pasajera— seguiría estudiándola todos los jueves durante estos tres últimos años. Y que hasta podría llegar a entrevistar a alguien sin emitir una sola palabra.
Como en todas las primeras clases hubo una breve introducción de los profesores y de los alumnos. La particularidad de ese taller era que el profesor era sordo. Gustavo —tez oscura y rostro cuadrado cubierto de barba— se presentó haciendo una sucesión rápida de movimientos con las manos. El primer contacto me resultó caótico y hasta paralizante. No le había entendido nada. A su lado Soledad, una intérprete de rulos color caoba, le dijo —en señas— que lo hiciera más despacio. Entonces él con paciencia dibujó en el aire un tacho de pintura grande, metió un rodillo y pintó sobre una pared imaginaria. Además de sordomudo, era pintor.
Gustavo luego nos hizo sentar en ronda para leernos los labios y nos enseñó el abecedario en LSA. Letra por letra, lentamente, movía sus manos en varias direcciones. Nosotros lo imitábamos concentrados y en silencio. Parecíamos mimos. Después, uno por uno, teníamos que pasar al frente para deletrear nuestro nombre. Cuando llegó mi turno pensé en lo me suele pasar siempre que me presento. Gilda es un nombre poco común en Argentina y se relaciona con dos famosas. Según los años de la persona que me escuche decirlo pueden ocurrir dos situaciones: o relacionan el nombre con la película de Rita Hayworth o lo conectan con el nombre de la cantante bailantera y me piden que les cante una canción. En ambos casos, todos sienten que tienen que hacer algún comentario al respecto. Y cansa.
Pero esa vez fue diferente. En un mundo de sordos, Gilda —la bailantera— no existe. Deletreé mi nombre con miedo a equivocarme. Agradecí incluso que fuera un nombre corto. De repente vi que Gustavo sonrió y  movió sus manos con los cinco dedos abiertos a la altura de la cabeza; lo miré desconcertada.
—Está aplaudiendo, lo hiciste muy bien. Ahora te va a elegir un apodo. Cada persona que forma parte de una comunidad de sordos tiene una seña diferente que lo identifica. Los sordos tienden a ponernos un apodo en vez de llamarnos por los nombres. Lo eligen casi siempre por algo visual. El mío es así —dijo Soledad y se golpeteó la nariz con el dedo índice. En ese lugar tenía puesto un aro.
Gustavo se tomó la pera, me miró de pies a cabeza, y se detuvo en mi cuello. Era un jueves otoñal y estaba empezando a hacer frío por lo que yo llevaba puesto un pañuelo grande y azul. Haciendo mímica se enredó una bufanda en el cuello y me explicó que si frotaba el dedo mayor con el pulgar y movía la mano en forma horizontal a la altura de la boca en lengua de señas eso significaba azul. Fue mi primer apodo: pañuelo azul.
Pero llegaron los días primaverales, en el aula hacía calor y dejé de usar el pañuelo. Con el correr de las clases conocí a otros sordos que no entendían el por qué de mi apodo y decidieron cambiármelo por uno que me identificara más. Entre cargadas de fútbol se enteraron que desde chica soy hincha del Club Gimnasia y Esgrima de La Plata. Desde entonces saben muy bien cómo llamarme. Cada vez que lo hacen simulan con sus manos una trompa que sale desde la boca y la nariz. Es la trompa de un lobo: ese —“lobo”— es el apodo con el que nos conocen a los hinchas de Gimnasia.
***
Llegué a mi apodo final —Lobo— conociendo ya las claves básicas de la lengua de señas. La piedra fundamental la había puesto una profesora, una tarde fría de agosto, cuando se puso de pie, se acercó al pizarrón y con un fibrón rojo anotó:
*Español =  Ayer yo fui a la casa de mi abuela
*Lengua de Señas Argentina = Ayer yo casa mi abuela ir
“La gramática entre el español y la LSA es diferente” dijo la mujer con sus manos. Como estaba oralizada la acompañaba una voz fuerte que salía expulsada como por un tubo.
            Como cualquier lengua, la de señas también tiene una gramática particular. En español se usa sujeto, verbo y objeto. Y muchos modos y tiempos verbales.  En cambio la gramática de los sordos es más simple. Primero sacan lo que no les sirve: artículos, contracciones y algunas preposiciones. Después pasan el verbo al infinitivo y lo ponen al final de la oración. Es muy importante marcar con las manos el tiempo (pasado, presente, futuro) y quién realiza la acción.
Todo esto me lo enseñó el año pasado aquella profesora sorda. Se llamaba Laura, tenía cuarenta y largos, llevaba el pelo rubio con flequillo y usaba anteojos. Veinte años atrás, cuando ella había terminado la secundaria, había querido ser maestra para chicos hipoacúsicos. Le gustaba enseñar a los más pequeños: a los de tres, cuatro y cinco años. Pero cuando se fue anotar al Profesorado de Educación Especial no la dejaron.
—Me rechazaron por ser discapacitada —balbuceó y al mismo tiempo con sus manos hizo la seña de discriminación: mantuvo la mano izquierda con la palma para arriba y con la mano derecha la barrió.
Su nacimiento había sido normal pero tuvo tan poco tiempo para escuchar la voz de su madre que no recuerda cómo suena. A tan solo seis meses de haber nacido en la Ciudad de La Plata los médicos le descubrieron un tumor en una pierna. A Laura la operaron de urgencia y fue un éxito. Pero sus padres después no se dieron cuenta de que algo andaba mal en sus oídos; no había en su familia ningún antecedente de discapacidad de ningún tipo.  Fue su vecina la primera en percibir conductas fuera de lo normal. Decía que la nena gritaba mucho y entonces la llevaron a un especialista del oído. Fue entonces cuando la declararon sorda: la culpa había sido de los fuertes antibióticos.
En un comienzo, esa condición no afectó su escolaridad: Laura de chica iba a un jardín de infantes “normal”. Pero cuando pasó a primer grado la cambiaron a una escuela especial. Había crecido en un país y una institución escolar que no daba cabida a los sordos. En ese entonces no había proyectos de integración como los hay ahora. En la escuela Santa María aprendió la lengua de señas.
“Me fue muy fácil”, contó en la clase y sus manos bailaban mientras asentía con la cabeza.
Luego continuó: una monja del colegio intervino para que pudiera seguir sus estudios en la escuela “normal”. Así fue como hizo el secundario en la escuela Santa Margarita junto con una amiga que también era sorda. Allí las obligaban a oralizar, aún cuando no siempre comprendieran lo que se les estaba explicando. Se acompañaban mutuamente. Pero lo hacían a escondidas. Si las descubrían hablando con las manos las monjas las castigaban y las mandaban a la dirección.
Hoy, veinte años después, se anotó en el Instituto Superior de Formación Docente y Técnica Nº 9 de la ciudad de La Plata. Allí dictan el Profesorado de Educación Especial con orientación en alteraciones sensoriales: hipoacusia y sordera. Sus compañeros de trabajo la alientan. Y su familia, compuesta por su esposo sordo y dos hijos oyentes que ya van a la universidad, también la apoyan.
“Ahora estudiar me cuesta un poco más, perdí muchas palabras” reconoce Laura a través de una rápida sucesión de señas. Sabe además que, de continuar la carrera y hacerla en término, se recibirá dentro de cuatro años, cuando ella tenga —hace cuentas— 51 años.
Hace el gesto de un bastón y se ríe con fuerza. 
***
—Estudien, pregúntenle a Laura las dudas y practiquen mucho con sus compañeros. Acuérdense que el próximo jueves tienen el examen —dijo Valeria, la intérprete que acompañaba a la profesora sorda en el segundo año de las clases.
Ese jueves había clase de repaso.
—No me acuerdo nada de geografía, ¿Te acordás como era México? —me preguntó una compañera que se llamaba Lucía. Se había anotado porque su mejor amiga de la facultad era hija de padres sordos y cada vez que ellos le convidaban un mate cuando iba a estudiar Lucía se quedaba afuera de las conversaciones.
—Esperá que me fijo en mis apuntes —le contesté.
Abrí mi cuaderno. Era similar a un diccionario. Ponía la palabra y después de ella una descripción lo más puntillosa posible para no olvidar ningún detalle de la seña: el movimiento, la dirección, la ubicación y la orientación de las manos. En una fotocopia también tenía mi ayuda memoria con las configuraciones que nos habían enseñando el primer año. Eran dibujos que mostraban las posturas de la mano al momento de realizar una seña.
—Acá encontré la clase de geografía —dije. Había garabatos y tachaduras. Cuando me detuve en la descripción de México me reí sola. Algunos compañeros tenían una gran facilidad para dibujar las manos y sus posiciones y así tomaban apuntes. Pero como yo era mala dibujante, a veces mi técnica consistía solamente en anotar la palabra  y escribir lo primero que se me venía a la mente. En la descripción del país del tequila había escrito: “pistolitas al cielo”. Entonces hice una “L” con el índice y el pulgar, en forma de pistolas, y las agité al aire arriba de la cabeza.
Por suerte no era la única que hacía esto.
—Mayo es como una gallina con frío —dijo Mercedes, una compañera que se transformó en amiga. Luego con los codos flexionados cerró los puños y tiritó. Ella me contó que le había enseñado a su novio LSA y lo utilizaba en su vida diaria. Cuando iban juntos a un boliche y la música estaba muy fuerte le hablaba con las manos. Así le pedía que le comprara una cerveza o le avisaba cuando iba al baño. Otras veces, cuando jugaban al frisbee armaban una jugada en señas y los contrincantes nunca se enteraban.
Así entre mates pasaban las clases, jugando a quién hacía las descripciones más ingeniosas. Excepto Milena, una chica de ojos grandes y oscuros que no tomaba apuntes ni dibujaba; ella prefería mirar fijo a la profesora sorda y acordarse las señas. Tenía una muy buena memoria. Su apodo —que se hacía marcando sus cejas anchas— hacía referencia a su descendencia turca.  Era —es—de Mármol, una localidad del partido de Almirante Brown en el Gran Buenos Aires, pero cuando terminó la secundaria se mudó a La Plata para estudiar en la universidad. Al poco tiempo dejó la carrera; sentía que no tenía constancia para el estudio y entonces se dedicó a trabajar. Consiguió un puesto en la mesa de ayuda del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires.
Un día cualquiera, en su trabajo, sucedió un imprevisto. Un hombre se acercó a pedir ayuda sin emitir palabra.
—¿Qué necesitás? Discúlpame pero no te entiendo —le dijo Milena cuando el hombre intentaba expresarse. Llevaba papeles, venía de otro juzgado y ella no sabía quién era, qué quería y a dónde tenía que llevar lo que tenía en la mano. La situación la inquietó. Y ese mismo día supo que había un aprendizaje en el que sí podía ser constante: el del lenguaje de señas. Empezó de inmediato. A las semanas siguientes, cuando se volvió a cruzar al hombre sordo, pudo hablarle con las pocas palabras que le habían enseñado. Y sintió que, por primera vez en su vida, valía la pena estudiar. 
***
A nadie le gustan los trámites. Pero para un sordo —intuyo—debe ser todavía peor. Y para un sordo que debe enfrentar la burocracia más temible, la del Poder Judicial, el desamparo tal vez sea casi insoportable. Lo supe cuando leí una entrevista a Mabel Remón, la única perito intérprete de sordos de la Corte Suprema de Justicia, la directora del Programa Nacional de Asistencia para las Personas con Discapacidad en sus Relaciones con la Administración de Justicia (ADAJUS) y la traductora oficial de los discursos presidenciales al lenguaje de señas. Remón asiste a las personas sordas que tienen problemas con la ley. Las ayuda a que puedan defenderse y, en muchos casos, incluso a que sepan de qué se las está acusando. «A veces ni siquiera entienden el delito que cometieron –dijo en esa entrevista–. Las personas ciegas pueden expresarse en el mismo idioma que habla el resto, pero las sordas siempre son traducidas: no existe para ellas la primera persona. La falta de audición les impide contarse a sí mismas y las priva del conocimiento de la norma social. Si una persona sorda, por ejemplo, está en un bar y lee los labios de todo el mundo, no sabe que eso está mal: no sabe que esa información a la que accede es privada. No tiene forma de saber que esas palabras no están siendo escuchadas por el resto. Y este factor, que parece un detalle, a veces desencadena historias desgarradoras».
              Vine a ver a Mabel Remón —una mujer morocha y de pómulos pronunciados— para que hable de su intemperie. En la mesa de su despacho hay unos cuantos papeles, un pote de yogurt light, un florero y un portarretrato en el que se la ve abrazada a la presidenta. Desde hace años Remón traduce los discursos de Cristina Fernández De Kirchner. Su eficiencia es tal que en 2012 Remón se hizo conocida mediáticamente por su resistencia física bajo el incorrecto apodo de «La Muda». Sucedió en marzo del año pasado, cuando Cristina Fernández abrió las sesiones legislativas con un discurso de más de tres horas que fue transmitido y traducido en simultáneo, y que transformó a Remón —y a sus colegas que señaban para el canal del Estado— en blanco de una larga serie de ironías en Twitter.
#LaMuda bailó el "Aserejé" y nadie se dio cuenta.
Para mí a #LaMuda le llego su momento en una lista, que se yo… la gente ya la conoce.
¿A qué minuto, lo de #LaMuda empieza a calificar como Trabajo Esclavo? #CadenaNacional
              Sin embargo esa burla tuvo su contrapartida. Alguna gente empezó a aprender lenguaje de señas probablemente impulsada por la visibilidad que tuvo esta práctica en los medios. Hoy, por ejemplo, el primer módulo de la Asociación de SordoMudos La Plata tiene ochenta personas en comparación con los veinte compañeros que empezaron conmigo tres años atrás. Y la Municipalidad de Quilmes hoy cuenta con 190 inscriptos que estudian lenguaje de señas.
Pero no vine a hablar de eso con Remón. Vine a hablar de la ley.
¿Sabe un sordo qué es la ley?
—Es difícil explicarle a un sordo qué es debido y qué no —dice Remón en su despacho—. ¿Lo aprende desde pequeño en su casa? A grandes rasgos, en temas penales, puede saber que el homicidio y el robo están mal pero en otros temas judiciales por lo general no es participe ni siquiera de conversaciones de este tipo y eso puede ser perjudicial para el sordo que puede cometer un acto de esa naturaleza sin saber que está mal, y después ir preso. Es el estado el que le tiene que dar la información adecuada.
            Remón es la encargada de explicarle a un sordo todo el procedimiento judicial de principio a fin. Sabe hacerlo, a grandes rasgos, porque su vida entera ha consistido en traducir el mundo. Remón es hija y sobrina de sordos. A los tres meses, como si la anotaran en un club de fútbol, sus padres la hicieron socia en ASAM, la Asociación de SordoMudos de Ayuda Mutua. Habló primero con las manos y después con la voz. Se crió en una casa sin radio y sin timbre. Y tuvo su primer acercamiento al lenguaje jurídico a los nueve años, cuando falleció su padre y hubo que interpretar la sucesión. No había nadie especialista en el tema y tuvo que ser ella misma la que tradujera el juicio.
—La que iba a los despachos de los abogados era yo. También era la que siempre acompañaba a los amigos sordos de mi familia cuando tenían problemas con la ley —recuerda Mabel y mientras me muestra sus manos parece recordar aquella imagen grabada en su memoria. Se vio entre hombres de trajes oscuros traduciendo partidas de defunción en Tribunales y aprendiendo a mediar con la justicia. 
Con el paso de los años, se preparó para el ámbito judicial, terminó diplomándose como la única perito intérprete de sordos de Argentina y fundó ADAJUS.
—Desde entonces asisto a las personas sordas para que puedan defenderse y, en muchos casos, incluso para que sepan de qué se las está acusando —explica Remón mientras atiende el teléfono. Es un celular rosa y tiene un mensaje de texto. Remón lo lee. Un sordo —dice después— la está necesitando.
***
Las manos de Mabel Remón son ágiles. Las mías —noto— también. Ya estoy en tercer año y con el tiempo y la práctica las manos se educan. Los dedos se moldean y se ablandan. E incluso, y aunque suene raro, uno hasta se termina acostumbrando a las manos de sus profesores. En primer año pasé por las manos rústicas de Gustavo —el pintor—, en segundo vinieron las manos delicadas de Laura y ahora me estoy habituando a unas nuevas, las de Sandra. Ella es la profesora del Taller de Interpretación que decidí anotarme este 2013, después de haber hecho por dos años el Curso de Auxiliares de la Comunicación en LSA.
 Sandra no escucha, pero habla hasta por los codos. Hacerlo —se nota— le significa un esfuerzo mental importante. Sandra es retacona y tiene el pelo castaño con rulos. Lleva colgado los anteojos al cuello y usa muchos anillos en sus dedos cortos. Las manos de Sandra vuelan. Con ellas —y con ayuda de su voz— Sandra cuenta que sus padres le contaron cómo empezó todo: fue su abuela la que se dio cuenta de que ella, Sandra, era sorda. Fue una noche de tormenta en su casa de Tres Arroyos. El viento golpeaba las ventanas, las gotas de lluvia caían fuertes sobre el techo y los truenos eran escandalosos. Su abuela, asustada, fue a ver cómo estaba su nieta en la cuna. Pero Sandra dormía plácidamente. Era una bebé de pocos meses.
                Luego de varios estudios los médicos confirmaron la sordera. La madre sufrió la noticia pero el padre no, ya estaba acostumbrado: su hermano y sus dos sobrinos también eran sordos.
«Este año cumplo veinte años de casada. Mi esposo es hipoacúsico y trabaja en una imprenta. Va perdiendo cada vez más la audición por los ruidos de las máquinas» me cuenta con sus manos y su voz trabada y gangosa.
—Si pudieras hoy escuchar algún sonido, ¿cuál elegirías? —le pregunto modulando bien los labios.
No hay dudas en su respuesta. Al instante contesta entre palabras y señas: “escuchar a mis hijos decirme MAMAAAAAAA”. Se toma el pecho. El grito se oye como la voz de una extranjera.
 De pronto escucho un chirrido insoportable. Lo veo a Julio, otro sordo de la Asociación, arrastrando una mesa con patas de metal. Y a Sandra que no entiende mi cara de dolor, y le explico. Sandra reta a Julio en broma, discuten —también en broma— y se golpetean las manos despacio, queriéndose callar el uno al otro. Acá las peleas son distintas: hay que callar las manos y el mayor ataque —o la mayor defensa— es dar la espalda y no mirar.
Sandra gira sobre su eje, sonríe y sigue con la clase. Hoy, dice, nos toca interpretar un cuento de terror. En breve me toca a mí. Tengo que contar con mis manos una historia que se llama “No confíes en él” que transcurre en una casa abandonada. No recuerdo cómo se dice la palabra “abandonada” en lenguaje de señas. Ni siquiera me acuerdo que me la hayan enseñado. Me pongo nerviosa. En este momento de pánico pienso en mis amigos, los que no entienden con qué necesidad estudio señas. Recuerdo cuando me dijeron “lo bueno es que a vos que te encanta viajar y conocer gente cuando te vayas a Europa y te cruces con un sordo vas a poder comunicarte”. Cuando les dije que cada comunidad sorda, en cada región, tiene su propia lengua de señas casi se caen de culo. Pestañeo varias veces y mi mente vuelve a la clase, como me distraje por unos segundos no sé que dijeron mis compañeros. Me como las uñas. Recuerdo que la LSA tiene la particularidad de poder ocultar poco los sentimientos. O sea que todos ellos se deben estar dando cuenta de mis nervios. En eso veo que Sandra me señala. Me llega la hora de pasar al frente. Me sueno los dedos y los muevo uno por uno.  Abro y cierro las manos, como haciendo una entrada en calor. Me acuerdo de lo que me han enseñado a lo largo de estos tres años. Ya está, me digo. A la palabra “abandonada” la voy a reemplazar por algo simple. Primero voy a hacer la seña de “casa”, le sumo las señas de los adjetivos “oscura” y “vieja”, pongo cara de susto y digo que en esa “casa-oscura-vieja”,  no vivía nadie. Acordate de lo gestual, me digo a mí misma. Y de repente, el resto del relato viene solo. Son cinco minutos, bailando con mis manos y las expresiones de mi rostro, en completo silencio. La cara de susto de mis compañeros me dice que la narración está surtiendo efecto. Suspiro aliviada.
Cuando hago la seña de “fin” todos celebran mi logro con sus manos al aire, aplaudiendo sin sonido. Como la primera vez que les dije mi nombre.

*Crónica publicada en Orsai en el marco del Taller de Crónica Periodística, a cargo de Josefina Licitra.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

La odisea de viajar en el Plaza


-¡CENTENARIOOO! -grita el chofer del 129.
-Por fin -digo mientras estoy en la fila en el Barrio de Once. Miro el reloj. Hace más de cuarenta minutos que espero el colectivo y pasaron doce horas desde que salí de mi casa en La Plata. Estoy podrida de escuchar al pastor que predica a los gritos en la plaza: “Dios me sacó del pozo negro en el que vivía…USTEDES…pueden salvarse también”.
 Quierollegar-quierollegar-quierollegar es lo único que pienso. Eso y en la siesta que me voy a dormir.  
-Vamos, suban, apuren -dice el colectivero con voz ronca mientras se arremanga la camisa. De su cuello transpirado le cuelga un rosario de plata.
La gente se amontona más rápido. Pasan varios pasajeros hasta que llega mi turno. Caigo rendida en el primer asiento libre que encuentro y mientras intento reclinarlo ya disfruto de la siesta de hora y media que me espera. La noche de ayer fue para el olvido: ruidos extraños, pesadillas y piernas inquietas. Pero el asiento está roto y puteo. Miro a mi alrededor pero ya es tarde para cambiarme de lugar y encima me doy cuenta de algo. Mi compañera de asiento se apoderó del apoyabrazos con total impunidad. Levanto la mirada y le clavo los ojos. Ella ni lo registra, está embobada con su Blackberry.
Corro la cortina violeta llena de pelusas y caramelos pegoteados y apoyo mi cabeza en la ventanilla. También está sucia pero ya ni me importa. Me pesan los ojos, los cierro y la voz del pastor que ofrece la salvación eterna del pecado la siento cada vez más lejana...
-¡DALE DE MAMAR, DALE DE MAMAR!
Me despierto de un salto y con el corazón acelerado. No entiendo lo que pasa. La que grita es una mujer canosa con tonada mexicana que está sentada a mi izquierda, separada por el pasillo.
 -No, madre. Es por el calor, ¡mira cómo transpira! -responde una joven de tez oscura y ojos saltones. Encima de su falda lleva una bebé de unos seis meses que llora desconsolada. Su cara está roja, las venas de la cabeza hinchadas y el pelo empapado.  
-¡Ay, ya, ya no llores! Toma tu chipote chillón -dice y golpea un martillo amarillo y rojo como el del Chapulín Colorado contra la cabecera. La mezcla del llanto y el chirrido del martillo son irritantes. El hombre sentado adelante suyo se retuerce en el asiento, tose fuerte, refunfuña. La bebé no se calma y revolea el chipote. 
-Dale de mamar -insiste la abuela.
La joven entonces saca la teta. Pero la bebé no la quiere y sigue llorando. La madre no sabe qué hacer, la mece una y otra vez. Le saca los zapatos y las medias que le aprietan. Está cada vez más colorada. Le sopla la cara y la abanica con la tarjeta SUBE pero no para de llorar. Termina sacándole el body y hasta el pañal. Se para y camina por el pasillo con la bebé en brazos. Todos los pasajeros la miramos, transpiramos y esperamos que al menos no se cague. Todos, menos mi compañera de asiento que sigue en la misma posición con el celular en sus manos.
-Dámela a mí…a ver qué tengo en la cartera, ven toma -dice rápido la abuela mientras saca una botella de Coca-Cola. Está sin gas y caliente. La bebé la toma a las apuradas, se chorrea la panza transpirada y de a poco se calma hasta quedarse dormida.
Ahora suspiro aliviada, solo escucho el sonido tosco del motor del que mis oídos ya están acostumbrados. Queda una hora de viaje. Me acurruco en el asiento ajado y abrazo fuerte la mochila contra mi pecho. Lo que en verdad estoy cuidando no es el sueldo que acabo de cobrar sino el frasco de Nutella que llevo adentro. Pienso en el postre de esta noche y también consigo conciliar el sueño.



*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

Arriba de las nubes

¡La puta que vale la pena estar viva! Voy cayendo a doscientos kilómetros por hora y sonrío. Luego siento que el paracaídas se abre. Floto en el cielo. No sé a qué altura estoy. O sí, pero no lo puedo pensar en metros. Estoy arriba de las nubes. Tengo puesto un traje muy abrigado. En mi cabeza llevo un casco como el de la hormiga atómica y unas antiparras que me aprietan tanto que pareciera que los que van a salir volando son mis cachetes. Vuelo en posición horizontal, con los brazos a los costados y con los dedos de las manos bien extendidos. El viento fuerte ejerce tanta presión contra mi cuerpo que no me permite moverlos. Arriba mío tengo a un desconocido. De él –y de un arnés– depende mi vida. Está sonrosado por el frío y tiene las mejillas elásticas pero no sonríe. La adrenalina no parece perturbarlo. Quizás esté desmotivado como cualquier persona atada a su rutina. ¿Puede acostumbrarse alguien acostumbrarse a un trabajo como éste? Vigoroso, él controla el paracaídas desde el salto hasta el aterrizaje y no parece intimidado por ese sacudón de libertad. Con su brazo derecho extendido y su mano izquierda cerca de mi mentón protegiéndome, sólo le falta la capa para ser de éste un vuelo digno de un superhéroe.  Pero yo no lo miro. Ni a él ni a la cámara. Y tengo los ojos bien abiertos. Todo es celeste a mi alrededor. Disfruto de la inmensidad del cielo y de las nubes que parecen campos de algodón. Sonrío ansiosa por saber qué se siente  al cruzar esas nubes. Voy hacia allá. 



*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

miércoles, 22 de mayo de 2013

Una voz en la noche busca señora para compañía

A la mañana la manicura le había pintado las uñas largas de color carmesí. También ese día había ido a yoga y se había teñido ella misma el pelo de rubio. Se preparaba para la noche del sábado; había baile en el Club de los jubilados.
Mientras se acomodaba los ruleros frente al espejo sonó el teléfono. “Debe ser la nena” pensó. La “nena” era su única hija, una mujer de casi cincuenta años que la llamaba todas las tardes para ver cómo estaba.
Caminó con pasos cortos, en desabillé y pantuflas, y atendió. Escuchó la voz de un hombre muy mayor que le pedía un turno con un médico.
—No señor, equivocado —respondió de forma seca, casi automática. La llamaban por error varias veces a la semana.
—¿Hablo con el Instituto Cardiovascular de la calle 13?
— No, no es aquí. ¿Con qué número quiere hablar?
—¿Cómo dice? Disculpe, no la escuché bien —respondió el hombre. Tenía la voz rasgada y se lo escuchaba desconcertado.
—Le pregunté a qué número quiere llamar —ella alzó la voz.
—Me dijeron que pida un turno al  433-36-64.
—Claro pero esto es una casa particular, no una clínica. Usted marcó el 4-3-3-3-3-6-4 —le dictó.
—Ah, disculpe la molestia, muchas gracias.
—No se preocupe, pasa todo el tiempo, mucha gente se confunde porque hay muchos números tres.
—Entonces volveré a marcar, gracias de nuevo, no me ha dicho su nombre…
—Élida —mintió. O no. En realidad era su segundo nombre pero nadie la llamaba así. Todos la conocían por su primer nombre: Estrella. A los 81 años de edad, y acostumbrada a ver en la televisión las noticias de jubiladas estafadas con “el cuento del tío”, tomaba algunas precauciones. Al fin de cuentas el hombre era un desconocido.
Pero el desconocido luego se presentó con nombre y apellido: Oscar Quincoces. Y la piropeó.
—Qué linda voz tiene, Élida.
Hablaron un rato largo. Fue a fines de agosto del 2006.
Antes de cortar, Oscar le preguntó si podía volver a llamarla otro día para seguir conversando. La respuesta de Estrella fue tan frontal como su personalidad.
—Llame, total usted es el que gasta.
Esa misma noche con neblina, acostada en la cama, y escuchando un tango escribió en su diario: “Hoy llamó un desconocido, Oscar, 81 años, una voz en la noche busca señora para compañía”. Lo que no sabía en ese momento era que tres meses más tarde se encontrarían en una plaza. Ella llevaría un libro en su mano para que él la reconociera y él—contaría Estrella riéndose años después—tendría puesto un saco oscuro que no le cerraba. Tampoco sabía esa noche previa a la tormenta de Santa Rosa que ella volvería a escribir en ese mismo renglón del cuaderno y que agregaría: “Nos enamoramos”.  

  
[Foto sacada en el 2010. Festejando los 85 años de Estrella]

*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

lunes, 20 de mayo de 2013

A las corridas por Mar del Plata


—A este ritmo vamos a perder el colectivo —dijo Josefina mientras estábamos tiradas como focas en las playas del sur de Mar del Plata.
—Uy, sí. Mejor levantemos campamento ahora —contestó Paz. Con mis tres amigas agarramos las lonas, guardamos el equipo de mate y salimos a buscar el auto para ir a la Terminal. Nos movimos en manada, sacudiéndonos la arena. Había tanta gente que era imposible contar un secreto sin que lo supieran todos.
Tomamos el camino de la costa para apreciar la vista de “La Feliz" pero fue la peor decisión. La costanera estaba repleta: había autos, remises, autobuses y hasta trencitos de la alegría con hombres araña bailando. El sol nos pegaba de frente y el aire estaba viciado; olía a pochoclo quemado. Pasados unos veinte minutos sólo habíamos avanzando un kilómetro. Paz, la única marplatense, tocó bocina y cambió de carril varias veces, sin éxito. Miramos la hora: el colectivo salía en quince minutos. Ella conocía un atajo. A la mierda la vista desde la costanera, el mar, la espuma de las olas y los veleros. Hizo una maniobra brusca, metió varios cambios, se le salieron las ojotas, cruzó la avenida costera y finalmente aceleró por una calle escondida. Recibió insultos de todos lados. Hacía pocos meses que había sacado el registro de conducir.  
En el camino pensamos la estrategia. Pilar correría a la plataforma para parar al conductor. “Llorá si es necesario” le sugirió Paz mientras le daba los pasajes. Ella buscaría dónde estacionar y yo agarraría los bolsos.
—Chicas esperen, necesito comprarme un jugo de naranja, me siento mal—dijo sudando Josefina, diabética desde los tres años. Sabía que estaba teniendo una hipoglucemia y que necesitaba tomar algo dulce para recomponerse.
Cuando llegamos las cuatro nos dispersamos. Josefina salió corriendo en busca del jugo. Pilar gritó: “Paren, paren” y consiguió frenar al conductor que ya estaba arrancando.  No llegó a llorar pero tuvo que apelar al golpe bajo contando la enfermedad de su amiga.
Mientras tanto yo sacaba apurada todas las cosas del baúl y no me alcanzaban las manos. Agarré las tres mochilas, me enrollé en las muñecas las mallas que quedaron sueltas, y hasta llegué a morder unas ojotas llenas de arena. Todavía me quedaban la  sombrilla y las reposeras. Corrí lo más rápido que pude y me choqué con un vendedor ambulante que me miró con odio. Se me iban cayendo las cosas en el camino. Las tiras de las mochilas me raspaban, me hacían arder los hombros colorados y el bronceador de zanahoria me empezaba a chorrear por la axila.
—Ahí vienen —gritó Pilar al chofer. Josefina llegó al mismo tiempo con su Cepita en la mano y recuperando el tono natural de su piel. Las tres subimos al micro con torpeza y sin mirar hacia atrás.
 A Paz nunca la despedimos. No sabemos si encontró lugar; creemos que todavía no sabe estacionar. Ojalá la policía no la haya detenido porque cuando llegamos vimos que en el apuro nos habíamos llevado su carnet de conducir. 

*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

viernes, 10 de mayo de 2013

Puteadas y abrazos de gol


—¡En el bosque me enamoré de ti / en el bosque yo me voy a morir! —cantaba un hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata colgado del alambrado. Estaba con el torso al aire, era muy joven y en su omóplato se veía un lobo aullando a la luna llena.

—¡¡Pero corré pendejo!! ¿No ves que a este jugador hay que matarlo? —gritó a su lado y con voz ronca un hombre pelado de más de sesenta años. Con las manos manchadas de nicotina estrujaba un piluso deshilachado.

—Uh señor… córtela un poco, ¡hay que alentar viejo! Dalee loo, dale loo…
—Cortala las pelotas, hace todos los pases mal, no corre, no define, es un perro.
—Pero pobre pibe, déjelo tranquilo que se crió en el club —dijo el chico tocándose con orgullo el pecho. 
—Ese no siente la azul y blanca, ¿vos viste la animalada que acaba de hacer ahí? —preguntó señalando el área chica de la cancha.
—¿Pero qué puede hacer? Si lo dejan solo, todo el partido bardeando a los jugadores, insoportable, cállese la boca por favor—contestó el pibe mientras escupía con bronca semillas de girasol.
—Un poco de respeto, a mi no me callas pendejo eh, tendrás muchas pesas encima pero también mierda en la cabeza,  ¿cómo no los voy a putear si son todos unos muertos? ¡No zafa uno!
—¿Y para qué vino? ¡Para eso se hubiera quedado con su mujer mirándolo desde el sillón! Parece pincha...
—¿Qué me decís amargo? Nunca te vi en esta ochava, ¿sabes los años de tablón que te faltan a vos, pendejo?  ¿Ves este piluso? Lo usó mi viejo, que en paz descanse, en la época del Expreso en el ´33 —el hombre se ponía cada vez más colorado.
—¿Y usted qué carajo sabe? Yo me voy a todos lados con los pibes de la filial, no sabe los kilómetros que recorrió este trapo —dijo el chico mientras agitaba una bandera con la inscripción: “Barrio San Carlos”.
—Y yo también, hijo. Al lobo lo sigo desde que nací, me conozco todas las canchas del país pero son una vergüenza; uno paga la cuota como un boludo y mirá cómo te lo devuelven.
—Pará, mirá eso –ambos hacen silencio-. Dale loco, pegále con la zurda gooooooooooooooooooooollllllll, ginasiá, ginasiá!
—Goooooolll, vamos lobo carajo, ¡¡¡goooll!!!!. Qué grande este pendejo. Qué jugador, yo te decía, mirá cómo la clavó en el ángulo, ídolo, vení, disculpame querido. ¡Dame un abrazo!
—Bueno, bueno viejo, cálmese que le va a agarrar un ataque al bobo.
*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

jueves, 2 de mayo de 2013

La espera

“Tu hermano llega en cualquier momento” decía el mensaje de texto que me había mandado mi viejo. No podía dejar de sonreír. Sentí que el estómago se me estrujaba igual que cuando aprieto con fuerza el tubo del dentífrico cada fin de mes. Había esperado ese momento por veinticuatro años.
Miré el reloj. Eran las once de la noche del 24 de enero del 2012. Caí en la cuenta. El pasaje a Necochea que estaba en mi mesa de luz tenía fecha para el 26 a la madrugada. Se suponía que mi hermano llegaba el 28 y yo para ese entonces iba a estar ahí esperándolo. “¿Por qué venís antes? Aguantame que quiero estar para recibirte”: hablaba sola.
Me tomé un taxi con la esperanza de subirme pronto a un ómnibus. “A la Terminal. Rápido, por favor, rápido” le grité al conductor mientras manejaba por 7 y 32. Se lo dije pensando en el tráfico de todas las mañanas y casi saco un pañuelo de papel por la ventanilla, por si acaso. Pero era enero en La Plata y no había nadie en la ciudad.
Cuando llegué el boletero de El Rápido Argentino me dijo las palabras que no quería escuchar: “No hay más lugares”.
Volví a casa con desilusión. Veinticuatro años hacía que estaba esperando a mi hermano. Toda una vida. Y ahora que tenía que esperar apenas veinticuatro horas para verlo me temblaban las manos como nunca. Me acosté imaginando ese encuentro pero después no pude conciliar el sueño. Me enredé en las sábanas. Transpiré. Y un mosquito me zumbó en la oreja toda la noche.
Al otro día, mientras armaba el bolso, miré la foto del portarretrato del escritorio. Estábamos papá y yo. Él tenía 37 años y la barba sin canas. Yo estaba sentada a upa y sonreía con mi boca sin dientes. Llevaba puesta una camiseta de Gimnasia y Esgrima de La Plata –del Lobo- que se la había pedido para mi cumpleaños de seis. 
Me acordé entonces de la remera que había comprado días atrás en Lobo Shop. Era el regalo de bienvenida para mi hermano, pensando en cuando fuéramos los dos a la cancha con papá. Cuando estaba guardándola en el bolso sonó mi teléfono. El pecho se me infló de orgullo al leer el mensaje del viejo:
“Ya nació Leandro en el primer pujo. 10.20 hs. 4,300 kg. Salió todo bien. Dice que quiere conocer a su hermana”.

Foto de nuestro primer encuentro
*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

sábado, 27 de abril de 2013

A falta de viajes, buena es la escritura. Por eso, mientras no viaje este blog será el lugar en que publique los textos que salgan del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra.
Sí, para los que conocen Orsai, estos tipos lo hicieron otra vez! Se les ocurrió fundar la Universidad Orsai y dar talleres con profesores de muy buena calidad entre café con leche y medialunas. 
Si llegaste hasta acá y no sabés todavía qué es Orsai, estás a tiempo. Podés ver "Cómo matar al intermediario" de Hernán Casciari . Eso sí, que no te extrañe que al final te encuentres aplaudiendo al monitor. 


“Vamos a la Biblioteca, el lugar más silencioso” dijo Nilda Eloy mientras abría la puerta de la Comisión Provincial de la Memoria. Era el 3 de agosto del 2006. Eloy guardó los cigarrillos en su cartera negra, caminó, tomó asiento y se dispuso a hablar. No estaba tan acostumbrada a eso. Durante más de veinte años Eloy no había abierto la boca.
“Fue el miedo” dijo en la Biblioteca.
Pero después se animó. En aquellos días de 2006, el testimonio de Eloy estaba teniendo un lugar clave en el primer proceso oral y público iniciado en contra del ex jefe de investigaciones de la Policía Bonaerense, Miguel Etchecolatz, tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
En la Biblioteca, Eloy hablaba en voz baja mientras deslizaba para atrás su cabellera blanca y larga hasta la cintura. Con parsimonia contó parte de su historia. Recordó que fue secuestrada de la casa de sus padres el 1 de octubre de 1976, a los diecinueve años. Y que se la llevaron en un Dodge 1500, celeste.
“Tenía todos los boletitos ganados” dijo. Su sonrisa era tensa; se mordía la comisura del labio. Intentaba entender por qué se la habían llevado. “Pertenecía a una generación… -hizo una pausa, buscó las palabras- que pensaba”. Esa fue la explicación que encontró. Desde chica, en la Escuela de Bellas Artes, se la había impulsado a tener ideas propias. A Eloy -cara lavada y frente ancha- le habían enseñado que la política no era mala palabra y que participar no era pecado.
Pero todo eso quedó atrás con el golpe de 1976. Desde entonces la vida se volvió oscura. Pasó por siete centros de detención ilegal. Llegó a pesar veintinueve kilos. Y un supuesto médico la manoseaba con la excusa de ponerle Pancután. “Esto es el infierno y de acá no se sale” le decían sus torturadores. Pero ella salió. Fue liberada en 1978. Y décadas después se transformó, junto a Julio López, en testigo clave en el Caso Etchecolatz.
“Hemos tenido el derecho de poder a hablar por aquellos que no tienen voz” dijo entonces, el 3 de agosto de 2006, en la Biblioteca de la Comisión y un mes y medio antes de que se conociera la condena a prisión perpetua por genocidio de Miguel Etchecolatz. Eloy hablaba y mantenía el cuerpo erguido, con la cabeza en alto. Pero era mucho lo que ignoraba. Eloy no sospechaba que pronto se quedaría sola. Que Julio López desaparecería. Y que cada 18 de septiembre ella sería esa mujer de pelo larguísimo y blanco que nos acostumbramos a ver encabezando marchas. Divisible desde lejos, Eloy lleva siempre en su pecho una pancarta con el rostro de López y la inscripción: “¡Aparición con vida, YA!”

martes, 12 de marzo de 2013

El día que conocí a Manuel Rodríguez o una de las noches más bizarras de mi vida


Es una noche calurosa de enero. César, un ecuatoriano que nos hospeda en Santiago de Chile, decide que no podemos irnos de la capital sin antes pisar “La Piojera” y sin tomar ahí el mejor terremoto del país. La qué?, el qué? Terremoto, dijo?, pienso confundida pero allá vamos.



En el camino, César nos cuenta la historia de este bar o más conocido como picada, tan típica y con tantas raíces chilenas. El nombre se lo puso Arturo Alessandri Palma en 1922 cuando aún siendo presidente de Chile fue invitado por sus amigos a tomarse unos tragos en este lugar. Al ver el pésimo aspecto del bar, sucio y repleto de gente (fundamentalmente proletariados) gritó: ¿Y a esta piojera me han traído?. Desde entonces adquirió tal nombre y hoy en día es declarado monumento sentimental, según su página oficial.


Apenas llegamos un hombre robusto encargado de la seguridad del lugar hace pasar a mis amigos y le dice algo en el oído a César. Mi host, confundido, y sin entender el balbuceo le pide que por favor le repita. Si esa chica rubia que está con vos es menor. Y me señala disimuladamente. Mis amigos, César y yo nos reímos. Hace años que no me piden el documento, realmente no recuerdo cuánto, pero sé que hace mucho tiempo. Que un patovica chileno piense que aún tengo menos de 18 años es una buena señal. O al menos para mí un indicio que será una noche larga y bizarra...



***





Tardamos en encontrar una mesa para los cinco. Realmente, el lugar está repleto de gente. Lo que más me llama la atención es que hay casi el mismo porcentaje de chilenos como de extranjeros. Give me another terrgggeeeeeeemoto por favorgg y estás cureada weona, escucho por ahí. El aspecto del bar es peor de lo que me imaginaba. Bastante sucio, y caluroso. Poca ventilación y mucho humo; hasta las paredes transpiran. Pero tiene un “no sé que” interesante. César dice que llegamos un poco tarde y que espera que haya quedado algo para comer. Yo también espero eso porque probar el terremoto sin haber comido nada antes no es buena combinación. 




Finalmente Juan y César llegan con unos perniles  (unos sándwiches de cerdo) unas porciones de papas fritas y unos cuantos terremotos. Esta bebida típica chilena está hecha principalmente de vino pipeño blanco, helado de ananá y granadina o fernet. Una mezcla muy dulce y bastante fuerte. 
                               

 Y allí me encuentro descubriendo este bar lleno de personajes curiosos, entre terremotos y anécdotas con amigos. 

- Miren che…¿Ese no es el tipo que estaba hoy a la tarde en el Museo?, pregunta mi compañera de viajes Merchu. Miro atenta a donde ella señala.

Veo un hombre patilludo de unos cuarenta años de edad vestido con una chaqueta y un pantalón negro con detalles bordados en plateado. Sus botas brillan de tanto lustre y lleva en una mano una botella de cerveza y en la otra un sable. Sí, un sable. 

Merchu tiene razón. Es el mismo hombre que mientras nosotros escuchábamos una visita guiada en el Museo Histórico Nacional, andaba caminando por los pasillos. Pero, ¿qué hace solo a esta hora, en este lugar y vestido así? ¿Es una joda? ¿Va hacer un show? ¿Va haber una fiesta de disfraces y el loco llegó primero? La verdad no entiendo. No puedo dejar de preguntármelo. Me gana la curiosidad y decido averiguar quién es. 

Me dirijo a un mozo y le pregunto. Me contesta de forma amable y sincera: 

- Es Manuel Rodríguez…¿Querés que te lo presente?

- Sí, por supuesto (modo bizarro: ON). 

El hombre, con los ojos un poco desorbitados me invita a sentarme y me repite lo mismo: - Soy Manuel Rodríguez. 

Mi cara de confusión lo debe haber dicho todo porque al instante explicó: 

- Soy amigo de San Martín. (Ahhh pero ahora me queda mucho más claro eh! (?) 

- Luché por la Independencia chilena. Vení, sentate. Y me invita a tomar una cerveza. 

No sé qué pensar. Realmente espero que detrás del mostrador aparezca gente con cámaras de televisión diciéndome que es una joda para un Tinelli chileno, o algo así. Pero nada, él insiste en que es uno de los Padres de la Patria Chilena, el mismísimo que está en los billetes de 2.000 pesos chilenos (ARG $20) que llevo en mi billetera. Y yo le sigo el juego. Como recorrí varios años de la historia chilena a través de la visita guiada del museo  tengo bastante frescos algunos acontecimientos históricos del país así que aprovecho entre chela y chela para preguntarle al mismísimo patriota esos hechos que me quedaron en el tintero. Todas mis dudas históricas son contestadas por Manuel (a esta altura ya es Manu!). 

No puedo dejar de mirar de reojo a mis amigos que se ríen desde el otro del bar, quienes esperaban que les dijera meramente la información y en cambio después de varios minutos les traigo algo muchísimo mejor: invito al misterioso personaje a tomar un trago con nosotros. No solo que acepta gustoso sino que mientras él encarga otra cerveza me pide que le sostenga el sable. (evitar chistes fáciles por favor). 

Voy en dirección a la mesa de mis compañeros de ruta con el sable de Manuel Rodríguez y mágicamente obtengo la atención de todos los locales del lugar. Genia, ídola, tenés el sable de Manuel Rodríguez, me gritan borrachos. Yo para ese entonces, estoy tentada de la risa. Es que claro, aquel personaje histórico es considerado uno de los principales gestores y partícipes del proceso de independencia de Chile y uno de los Padres de la Patria de Chile, junto con José Miguel Carrera, y Bernardo O'Higgins. Y yo estoy ahí, con el sable de éste héroe chileno cuidándolo (Aclaración: no es el original pero sí es uno de verdad!) 

Tratando de contener la risa

Cuando creo que el modo bizarro se va a apagar en cualquier momento, me encuentro sentada con él y mis amigos en una mesa sucia de La Piojera hablando de interesantes hechos históricos mezclados con canciones de Yayo. Sí, este señor las sabe todas y cada una de las canciones y las canta orgulloso. (??)
Le veo un anillo en su anular izquierdo entonces le pregunto si está casado. Me responde con una negación. Le explico que en mi país eso significa, por lo general, un cierto compromiso con la otra persona. 

- No, no. Ella es africana y está casada allá. Pero viste, son otras culturas. Acá soy como su amante, me la garcho no más como dicen ustedes los argentinos. 

Cuando me sigue contando de su "touch and go", haciéndose el galán y el fogoso aparece el súmmum de lo bizarro. Le suena el teléfono. 

Estoy sentada a su lado así que no puedo evitar escuchar la conversación: 
- Hola mamitaaaa! Estoy con unos amigos, no te preocupes que en un rato ya vuelvo.
Al instante me imagino que es la mujer africana pidiéndole una explicación de por qué siendo las 3 de la mañana todavía no llegó del trabajo del museo que salió a la tardecita. 

Corta el celular y me explica: Era mi mamá, pasa que vivo con ella y se preocupa si vuelvo muy tarde. (No aclares que oscurece che, hombre grande!) 

*** 
Ya no queda nadie en el bar, y un mozo que parece ser de República Dominicana casi que nos barre los pies. Con mis compañeros sabemos que al otro día tenemos un largo viaje así que decidimos partir. No antes sin sacarnos una foto en “La Piojera”. Sí, la típica foto turística en la puerta de entrada. Pero la nuestra tiene un agregado particular: Manuel Rodríguez. 

El barrio es un tanto peligroso de noche. Pasan dos muchachos con actitud sospechosa y el héroe popular nos tranquiliza: No se preocupen, yo los protejo. Acuérdense que tengo el sable. Le agradecemos la velada y nos despedimos de él. 

El conductor del taxi que acabamos de parar lo escucha y lo reconoce:

- Ese era Manuel Rodríguez, ¿no? 

- El mismo.

Y todos nos reímos.


martes, 29 de enero de 2013

A Isla Negra en busca de Neruda

“…La casa... No sé cuando me nació... Era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades... Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido ...Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos...Aquí, dijo don Eladio Sobrino (navegante) y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo,  como la gente, como los árboles…”

Cuando era chica tenía un sueño: quería ser escritora. Bueno, también confieso que tuve una época que quería estudiar arqueología para irme al sur a desenterrar dinosaurios (?). Pero la pasión por la escritura comenzó desde pequeña y aún continúa. Muchas veces mientras leo un relato me pregunto desde dónde lo habrá escrito el autor. ¿Qué habrá inspirado a García Márquez a escribir “Relato de un náufrago”? ¿Lo habrá inspirado el mar? ¿el olor a café colombiano? O tal vez simplemente su fuente de inspiración fue la ducha como lo fue para el matemático Arquímedes cuando gritó la célebre expresión "¡eureka!" tras descubrir, durante un baño de inmersión, el método para determinar el volumen de un objeto con una forma irregular. 


Lo cierto es que en Chile se encuentra Isla Negra, una de las casas de Pablo Neruda y allí voy entonces junto con mis compañeros de ruta en búsqueda de uno de los lugares de mayor inspiración del poeta chileno.

La casa-museo se encuentra a unos 200 km de Valparaíso, inserta en el paisaje costero y la historia dice que el lugar antes se llamaba Las Gaviotas y que el poeta lo rebautizó como Isla Negra por el color de sus rocas y porque a pesar de no ser una isla, ahí podía aislarse para escribir.

Ni bien ingresamos al hogar, Neruda nos da la bienvenida con una leyenda grabada en una pared a la entrada: “Regresé de mis viajes. Navegué construyendo la alegría".


Hermoso mensaje, ¿no?

Un chileno alto y morocho que pienso será nuestro guía nos acerca unos auriculares y nos explica cómo avanzar en el recorrido. En el audio-guía están incorporadas las explicaciones de cada una de las habitaciones de la casa, desde la bienvenida que corresponde al número uno, hasta la estancia 16, que corresponde a la tumba de Neruda y su amada esposa Matilde Urrutia. Brinda información histórica de manera dinámica incluyendo interesantes y curiosas historias del lugar y sus objetos. Como la vez que el escritor compró esta casa (antes sólo era una cabaña de piedra) a un marino español llamado Don Eladio Sobrino en el año 1939.

Pero luego, como escribió el poeta: “la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles...”. Y fue creciendo a su antojo. Con el mar como principal protagonista.


Neruda decía que era un navegante de boca. ¿Sabían que no sabía nadar?

Neruda, amante del mar, construyó la casa como un barco con techos bajos, pisos de madera crujientes, y pasillos estrechos donde guardaba sus colecciones más insólitas: mascarones de proa, pipas, botellas, máscaras, fotos de sus poetas favoritos, barquitos embotellados, réplicas de veleros y pinturas de artistas famosos. Encima de una de las tantas mesas que hay desparramadas por la casa hay una brújula china, un sistema planetario, libros sobre aves y una impresionante colección de caracolas traídas de todo el mundo (esta sala fue un proyecto que el poeta dejó inconcluso al morir y que la Fundación Neruda se encargó de terminar). 

A través de éste hogar hecho de a pedazos, con retazos, con hallazgos, lleno de colores y de historias, puedo ver la vida del poeta. Neruda era, sin dudas, un coleccionista apasionado. 

Me quedo asombrada con el inmenso y antiguo globo terráqueo y con la sala del caballo y su historia. Éste ambiente lo mandó a construir el escritor especialmente para albergar un enorme caballo de papel maché que compró y que era propiedad de una ferretería incendiada en Temuco, la ciudad del sur de su infancia. Cuando él era pequeño, pasaba por la ferretería todos los días y según cuenta la leyenda había dicho que algún día lo iba a comprar. Cuando Neruda se enteró del incendió compró el caballo e hizo una fiesta para celebrar su nueva adquisición a la que invitó a sus amigos más cercanos. Pero había un problema. Debido a las llamas, el caballo no tenía cola. Entonces tres de sus invitados le regalaron colas de caballo. Neruda le puso las tres y entonces decía que su caballo era el más feliz del mundo porque era el único que tenía 3 colas! :)

Hay también espacios que conmemoran su amistad con algunos poetas muertos, cuyos nombres hizo grabar en las vigas del bar que preside un timón de barco. Miro en especial el nombre de Miguel Hernández. Debo admitir que por unos instantes deseo ser un personaje de Woody Allen para teletransportarme como en la película “Medianoche en París”. Y estar ahí entre poetas amigos, hablando de versos, tomando un trago en el bar que simula ser un barco y fumando una pipa por qué no.


Pero sin dudas, el lugar que más atrae mi atención es la Covacha. Éste era uno de los lugares de la casa en el que Pablo se recluía a escribir. Le había puesto techo de zinc, para escuchar el ruido de la lluvia y evocar así las sensaciones del hogar de su niñez, en el lluvioso sur de Chile. Neruda decía que el mar era un regalo que habían dejado frente a su ventana: 


"El Océano Pacífico se salía del mapa. No había donde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana."

Pensar que allí, escribió parte importante de su obra literaria...

Mirar desde el gran ventanal ese mar revoltoso y escuchar el rugido de las olas realmente inspira. Me inspira ese olor marino, mezcla de arena salada y algas. El profundo mar azul y las rocas negras rodeadas de blanca espuma, me dejan sin palabras. Me quedaría horas mirando cómo las olas rompen en el roquerío. Y entonces, de repente, me surgen unas terribles ganas de sacarme los auriculares y sentarme a escribir en su escritorio. Deseo que los visitantes de alrededor mío desaparezcan. Tomar su pluma de tinta verde, y empezar a escribir...


Y así con el Océano Pacífico, imponente, me robo un poco de ese espíritu, y me llevo prestado ese aire con olor a barco y ese puñado de arena en los bolsillos. Cierro los ojos para sentir el crujir de la madera. Y me lo imagino a Pablo escribiendo sobre el escritorio con su pluma y llevando puesto el traje que usó en 1971 para recibir el Premio Nobel de Literatura. Ese que aún está intacto en el ropero de su habitación, la que parece un altar con la cabecera de la cama hacia el oriente y con el mar a los pies.


La casa tiene personalidad propia. Es mágica. Guarda objetos curiosos y valiosos en un entorno dominado por el mar. Pienso que son suficientes razones para que Neruda decidiera ser enterrado en Isla Negra junto a su amada esposa Matilde. Allí, donde la poesía y la naturaleza se entremezclan de manera perfecta.  En el interior de la casa no se pueden sacar fotografías. Una lástima. Ya sin el audio guía recorro los alrededores con una mirada nostálgica… la de observar una casa en la playa que fue fuente de inspiración de poemas que han dado la vuelta al mundo.

***

Neruda vio Isla Negra por última vez en 1973, luego del sangriento golpe militar chileno, ya que estaba enfermo y tuvo que abandonar la casa para dirigirse a un hospital en Santiago. Recién en 1992 sus restos fueron trasladados hasta Isla Negra cuando se cumplió así la voluntad que el poeta había expresado hacía casi cincuenta años atrás en su poema “Disposiciones” del Canto general:

“Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos perdidos/ no volverán a ver...”




DATOS ÚTILES

Ubicación: 

  • Poeta Neruda s/n, Isla Negra, El Quisco. 
Reservas:
  • Teléfono: (56) 35-461284 
  • Email: reservasislanegra@fundacionneruda.org. El envío del correo no constituye reserva confirmada. 
  • La casa museo de Isla Negra sólo recibe visitas guiadas. 
Precios:

  • Visita guiada (español e inglés): $4.000 CH por persona. 
  • Audio guía (varios idiomas): $4.000 CH por persona. 
  • Estudiantes y jubilados: $1.500 CH por persona. 
Horario de Atención:


  • Marzo a Diciembre: Martes a domingo de 10 a 18 hrs. 
  • Enero y Febrero: Martes a domingo de 10 a 20 hrs. 
  • Lunes cerrado.