miércoles, 22 de mayo de 2013

Una voz en la noche busca señora para compañía

A la mañana la manicura le había pintado las uñas largas de color carmesí. También ese día había ido a yoga y se había teñido ella misma el pelo de rubio. Se preparaba para la noche del sábado; había baile en el Club de los jubilados.
Mientras se acomodaba los ruleros frente al espejo sonó el teléfono. “Debe ser la nena” pensó. La “nena” era su única hija, una mujer de casi cincuenta años que la llamaba todas las tardes para ver cómo estaba.
Caminó con pasos cortos, en desabillé y pantuflas, y atendió. Escuchó la voz de un hombre muy mayor que le pedía un turno con un médico.
—No señor, equivocado —respondió de forma seca, casi automática. La llamaban por error varias veces a la semana.
—¿Hablo con el Instituto Cardiovascular de la calle 13?
— No, no es aquí. ¿Con qué número quiere hablar?
—¿Cómo dice? Disculpe, no la escuché bien —respondió el hombre. Tenía la voz rasgada y se lo escuchaba desconcertado.
—Le pregunté a qué número quiere llamar —ella alzó la voz.
—Me dijeron que pida un turno al  422-26-64.
—Claro pero esto es una casa particular, no una clínica. Usted marcó el 4-2-2-2-2-6-4 —le dictó.
—Ah, disculpe la molestia, muchas gracias.
—No se preocupe, pasa todo el tiempo, mucha gente se confunde porque hay muchos números dos.
—Entonces volveré a marcar, gracias de nuevo, no me ha dicho su nombre…
—Élida —mintió. O no. En realidad era su segundo nombre pero nadie la llamaba así. Todos la conocían por su primer nombre: Estrella. A los 81 años de edad, y acostumbrada a ver en la televisión las noticias de jubiladas estafadas con “el cuento del tío”, tomaba algunas precauciones. Al fin de cuentas el hombre era un desconocido.
Pero el desconocido luego se presentó con nombre y apellido: Oscar Quincoces. Y la piropeó.
—Qué linda voz tiene, Élida.
Hablaron un rato largo. Fue a fines de agosto del 2006.
Antes de cortar, Oscar le preguntó si podía volver a llamarla otro día para seguir conversando. La respuesta de Estrella fue tan frontal como su personalidad.
—Llame, total usted es el que gasta.
Esa misma noche con neblina, acostada en la cama, y escuchando un tango escribió en su diario: “Hoy llamó un desconocido, Oscar, 82 años, una voz en la noche busca señora para compañía”. Lo que no sabía en ese momento era que tres meses más tarde se encontrarían en una plaza. Ella llevaría un libro en su mano para que él la reconociera y él—contaría Estrella riéndose años después—tendría puesto un saco oscuro que no le cerraba. Tampoco sabía esa noche previa a la tormenta de Santa Rosa que ella volvería a escribir en ese mismo renglón del cuaderno y que agregaría: “Nos enamoramos”.  

  
[Foto sacada en el 2010. Festejando los 85 años de Estrella]

*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

lunes, 20 de mayo de 2013

A las corridas por Mar del Plata


A este ritmo vamos a perder el colectivo dijo Josefina mientras estábamos tiradas como focas en las playas del sur de Mar del Plata.
Uy, sí. Mejor levantemos campamento ahora contestó Paz. Con mis tres amigas agarramos las lonas, guardamos el equipo de mate y salimos a buscar el auto para ir a la Terminal. Nos movimos en manada, sacudiéndonos la arena. Había tanta gente que era imposible contar un secreto sin que lo supieran todos.
Tomamos el camino de la costa para apreciar la vista de “La Feliz" pero fue la peor decisión. La costanera estaba repleta: había autos, remises, autobuses y hasta trencitos de la alegría con hombres araña bailando. El sol nos pegaba de frente y el aire estaba viciado; olía a pochoclo quemado. Pasados unos veinte minutos sólo habíamos avanzando un kilómetro. Paz, la única marplatense, tocó bocina y cambió de carril varias veces, sin éxito. Miramos la hora: el colectivo salía en quince minutos. Ella conocía un atajo. A la mierda la vista desde la costanera, el mar, la espuma de las olas y los veleros. Hizo una maniobra brusca, metió varios cambios, se le salieron las ojotas, cruzó la avenida costera y finalmente aceleró por una calle escondida. Recibió insultos de todos lados. Hacía pocos meses que había sacado el registro de conducir.  
En el camino pensamos la estrategia. Pilar correría a la plataforma para parar al conductor. “Llorá si es necesario” le sugirió Paz mientras le daba los pasajes. Ella buscaría dónde estacionar y yo agarraría los bolsos.
—Chicas esperen, necesito comprarme un jugo de naranja, me siento maldijo sudando Josefina, diabética desde los tres años. Sabía que estaba teniendo una hipoglucemia y que necesitaba tomar algo dulce para recomponerse.
Cuando llegamos las cuatro nos dispersamos. Josefina salió corriendo en busca del jugo. Pilar gritó: “Paren, paren” y consiguió frenar al conductor que ya estaba arrancando.  No llegó a llorar pero tuvo que apelar al golpe bajo contando la enfermedad de su amiga.
Mientras tanto yo sacaba apurada todas las cosas del baúl y no me alcanzaban las manos. Agarré las tres mochilas, me enrollé en las muñecas las mallas que quedaron sueltas, y hasta llegué a morder unas ojotas llenas de arena. Todavía me quedaban la  sombrilla y las reposeras. Corrí lo más rápido que pude y me choqué con un vendedor ambulante que me miró con odio. Se me iban cayendo las cosas en el camino. Las tiras de las mochilas me raspaban, me hacían arder los hombros colorados y el bronceador de zanahoria me empezaba a chorrear por la axila.
Ahí vienen gritó Pilar al chofer. Josefina llegó al mismo tiempo con su Cepita en la mano y recuperando el tono natural de su piel. Las tres subimos al micro con torpeza y sin mirar hacia atrás.
 A Paz nunca la despedimos. No sabemos si encontró lugar; creemos que todavía no sabe estacionar. Ojalá la policía no la haya detenido porque cuando llegamos vimos que en el apuro nos habíamos llevado su carnet de conducir. 

*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

viernes, 10 de mayo de 2013

Puteadas y abrazos de gol


—¡En el bosque me enamoré de ti / en el bosque yo me voy a morir! —cantaba un hincha de Gimnasia y Esgrima de La Plata colgado del alambrado. Estaba con el torso al aire, era muy joven y en su omóplato se veía un lobo aullando a la luna llena.

¡¡Pero corré pendejo!! ¿No ves que a este jugador hay que matarlo?gritó a su lado y con voz ronca un hombre pelado de más de sesenta años. Con las manos manchadas de nicotina estrujaba un piluso deshilachado.

Uh señor… córtela un poco, ¡hay que alentar viejo! Dalee loo, dale loo…
Cortala las pelotas, hace todos los pases mal, no corre, no define, es un perro.
Pero pobre pibe, déjelo tranquilo que se crió en el club dijo el chico tocándose con orgullo el pecho. 
Ese no siente la azul y blanca, ¿vos viste la animalada que acaba de hacer ahí? —preguntó señalando el área chica de la cancha.
¿Pero qué puede hacer? Si lo dejan solo, todo el partido bardeando a los jugadores, insoportable, cállese la boca por favorcontestó el pibe mientras escupía con bronca semillas de girasol.
Un poco de respeto, a mi no me callas pendejo eh, tendrás muchas pesas encima pero también mierda en la cabeza,  ¿cómo no los voy a putear si son todos unos muertos? ¡No zafa uno!
¿Y para qué vino? ¡Para eso se hubiera quedado con su mujer mirándolo desde el sillón! Parece pincha...
¿Qué me decís amargo? Nunca te vi en esta ochava, ¿sabes los años de tablón que te faltan a vos, pendejo?  ¿Ves este piluso? Lo usó mi viejo, que en paz descanse, en la época del Expreso en el ´33 el hombre se ponía cada vez más colorado.
¿Y usted qué carajo sabe? Yo me voy a todos lados con los pibes de la filial, no sabe los kilómetros que recorrió este trapo dijo el chico mientras agitaba una bandera con la inscripción: “Barrio San Carlos”.
Y yo también, hijo. Al lobo lo sigo desde que nací, me conozco todas las canchas del país pero son una vergüenza; uno paga la cuota como un boludo y mirá cómo te lo devuelven.
Pará, mirá eso –ambos hacen silencio-. Dale loco, pegále con la zurda gooooooooooooooooooooollllllll, ginasiá, ginasiá!
Goooooolll, vamos lobo carajo, ¡¡¡goooll!!!!. Qué grande este pendejo. Qué jugador, yo te decía, mirá cómo la clavó en el ángulo, ídolo, vení, disculpame querido. ¡Dame un abrazo!
Bueno, bueno viejo, cálmese que le va a agarrar un ataque al bobo.
*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

jueves, 2 de mayo de 2013

La espera

“Tu hermano llega en cualquier momento” decía el mensaje de texto que me había mandado mi viejo. No podía dejar de sonreír. Sentí que el estómago se me estrujaba igual que cuando aprieto con fuerza el tubo del dentífrico cada fin de mes. Había esperado ese momento por veinticuatro años.
Miré el reloj. Eran las once de la noche del 24 de enero del 2012. Caí en la cuenta. El pasaje a Necochea que estaba en mi mesa de luz tenía fecha para el 26 a la madrugada. Se suponía que mi hermano llegaba el 28 y yo para ese entonces iba a estar ahí esperándolo. “¿Por qué venís antes? Aguantame que quiero estar para recibirte”: hablaba sola.
Me tomé un taxi con la esperanza de subirme pronto a un ómnibus. “A la Terminal. Rápido, por favor, rápido” le grité al conductor mientras manejaba por 7 y 32. Se lo dije pensando en el tráfico de todas las mañanas y casi saco un pañuelo de papel por la ventanilla, por si acaso. Pero era enero en La Plata y no había nadie en la ciudad.
Cuando llegué el boletero de El Rápido Argentino me dijo las palabras que no quería escuchar: “No hay más lugares”.
Volví a casa con desilusión. Veinticuatro años hacía que estaba esperando a mi hermano. Toda una vida. Y ahora que tenía que esperar apenas veinticuatro horas para verlo me temblaban las manos como nunca. Me acosté imaginando ese encuentro pero después no pude conciliar el sueño. Me enredé en las sábanas. Transpiré. Y un mosquito me zumbó en la oreja toda la noche.
Al otro día, mientras armaba el bolso, miré la foto del portarretrato del escritorio. Estábamos papá y yo. Él tenía 37 años y la barba sin canas. Yo estaba sentada a upa y sonreía con mi boca sin dientes. Llevaba puesta una camiseta de Gimnasia y Esgrima de La Plata –del Lobo- que se la había pedido para mi cumpleaños de seis. 
Me acordé entonces de la remera que había comprado días atrás en Lobo Shop. Era el regalo de bienvenida para mi hermano, pensando en cuando fuéramos los dos a la cancha con papá. Cuando estaba guardándola en el bolso sonó mi teléfono. El pecho se me infló de orgullo al leer el mensaje del viejo:
“Ya nació Leandro en el primer pujo. 10.20 hs. 4,300 kg. Salió todo bien. Dice que quiere conocer a su hermana”.

Foto de nuestro primer encuentro
*Este texto es un ejercicio del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra

sábado, 27 de abril de 2013

A falta de viajes, buena es la escritura. Por eso, mientras no viaje este blog será el lugar en que publique los textos que salgan del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai, a cargo de Josefina Licitra.
Sí, para los que conocen Orsai, estos tipos lo hicieron otra vez! Se les ocurrió fundar la Universidad Orsai y dar talleres con profesores de muy buena calidad entre café con leche y medialunas. 
Si llegaste hasta acá y no sabés todavía qué es Orsai, estás a tiempo. Podés ver "Cómo matar al intermediario" de Hernán Casciari . Eso sí, que no te extrañe que al final te encuentres aplaudiendo al monitor. 


“Vamos a la Biblioteca, el lugar más silencioso” dijo Nilda Eloy mientras abría la puerta de la Comisión Provincial de la Memoria. Era el 3 de agosto del 2006. Eloy guardó los cigarrillos en su cartera negra, caminó, tomó asiento y se dispuso a hablar. No estaba tan acostumbrada a eso. Durante más de veinte años Eloy no había abierto la boca.
“Fue el miedo” dijo en la Biblioteca.
Pero después se animó. En aquellos días de 2006, el testimonio de Eloy estaba teniendo un lugar clave en el primer proceso oral y público iniciado en contra del ex jefe de investigaciones de la Policía Bonaerense, Miguel Etchecolatz, tras la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
En la Biblioteca, Eloy hablaba en voz baja mientras deslizaba para atrás su cabellera blanca y larga hasta la cintura. Con parsimonia contó parte de su historia. Recordó que fue secuestrada de la casa de sus padres el 1 de octubre de 1976, a los diecinueve años. Y que se la llevaron en un Dodge 1500, celeste.
Tenía todos los boletitos ganados dijo. Su sonrisa era tensa; se mordía la comisura del labio. Intentaba entender por qué se la habían llevado. “Pertenecía a una generación… -hizo una pausa, buscó las palabras- que pensaba”. Esa fue la explicación que encontró. Desde chica, en la Escuela de Bellas Artes, se la había impulsado a tener ideas propias. A Eloy -cara lavada y frente ancha- le habían enseñado que la política no era mala palabra y que participar no era pecado.
Pero todo eso quedó atrás con el golpe de 1976. Desde entonces la vida se volvió oscura. Pasó por siete centros de detención ilegal. Llegó a pesar veintinueve kilos. Y un supuesto médico la manoseaba con la excusa de ponerle Pancután. “Esto es el infierno y de acá no se sale le decían sus torturadores. Pero ella salió. Fue liberada en 1978. Y décadas después se transformó, junto a Julio López, en testigo clave en el Caso Etchecolatz.
Hemos tenido el derecho de poder a hablar por aquellos que no tienen voz” dijo entonces, el 3 de agosto de 2006, en la Biblioteca de la Comisión y un mes y medio antes de que se conociera la condena a prisión perpetua por genocidio de Miguel Etchecolatz. Eloy hablaba y mantenía el cuerpo erguido, con la cabeza en alto. Pero era mucho lo que ignoraba. Eloy no sospechaba que pronto se quedaría sola. Que Julio López desaparecería. Y que cada 18 de septiembre ella sería esa mujer de pelo larguísimo y blanco que nos acostumbramos a ver encabezando marchas. Divisible desde lejos, Eloy lleva siempre en su pecho una pancarta con el rostro de López y la inscripción: “¡Aparición con vida, YA!”

martes, 12 de marzo de 2013

El día que conocí a Manuel Rodríguez o una de las noches más bizarras de mi vida


Es una noche calurosa de enero. César, un ecuatoriano que nos hospeda en Santiago de Chile, decide que no podemos irnos de la capital sin antes pisar “La Piojera” y sin tomar ahí el mejor terremoto del país. La qué?, el qué? Terremoto, dijo?, pienso confundida pero allá vamos.



En el camino, César nos cuenta la historia de este bar o más conocido como picada, tan típica y con tantas raíces chilenas. El nombre se lo puso Arturo Alessandri Palma en 1922 cuando aún siendo presidente de Chile fue invitado por sus amigos a tomarse unos tragos en este lugar. Al ver el pésimo aspecto del bar, sucio y repleto de gente (fundamentalmente proletariados) gritó: ¿Y a esta piojera me han traído?. Desde entonces adquirió tal nombre y hoy en día es declarado monumento sentimental, según su página oficial.


Apenas llegamos un hombre robusto encargado de la seguridad del lugar hace pasar a mis amigos y le dice algo en el oído a César. Mi host, confundido, y sin entender el balbuceo le pide que por favor le repita. Si esa chica rubia que está con vos es menor. Y me señala disimuladamente. Mis amigos, César y yo nos reímos. Hace años que no me piden el documento, realmente no recuerdo cuánto, pero sé que hace mucho tiempo. Que un patovica chileno piense que aún tengo menos de 18 años es una buena señal. O al menos para mí un indicio que será una noche larga y bizarra...



***





Tardamos en encontrar una mesa para los cinco. Realmente, el lugar está repleto de gente. Lo que más me llama la atención es que hay casi el mismo porcentaje de chilenos como de extranjeros. Give me another terrgggeeeeeeemoto por favorgg y estás cureada weona, escucho por ahí. El aspecto del bar es peor de lo que me imaginaba. Bastante sucio, y caluroso. Poca ventilación y mucho humo; hasta las paredes transpiran. Pero tiene un “no sé que” interesante. César dice que llegamos un poco tarde y que espera que haya quedado algo para comer. Yo también espero eso porque probar el terremoto sin haber comido nada antes no es buena combinación. 




Finalmente Juan y César llegan con unos perniles  (unos sándwiches de cerdo) unas porciones de papas fritas y unos cuantos terremotos. Esta bebida típica chilena está hecha principalmente de vino pipeño blanco, helado de ananá y granadina o fernet. Una mezcla muy dulce y bastante fuerte. 
                               

 Y allí me encuentro descubriendo este bar lleno de personajes curiosos, entre terremotos y anécdotas con amigos. 

- Miren che…¿Ese no es el tipo que estaba hoy a la tarde en el Museo?, pregunta mi compañera de viajes Merchu. Miro atenta a donde ella señala.

Veo un hombre patilludo de unos cuarenta años de edad vestido con una chaqueta y un pantalón negro con detalles bordados en plateado. Sus botas brillan de tanto lustre y lleva en una mano una botella de cerveza y en la otra un sable. Sí, un sable. 

Merchu tiene razón. Es el mismo hombre que mientras nosotros escuchábamos una visita guiada en el Museo Histórico Nacional, andaba caminando por los pasillos. Pero, ¿qué hace solo a esta hora, en este lugar y vestido así? ¿Es una joda? ¿Va hacer un show? ¿Va haber una fiesta de disfraces y el loco llegó primero? La verdad no entiendo. No puedo dejar de preguntármelo. Me gana la curiosidad y decido averiguar quién es. 

Me dirijo a un mozo y le pregunto. Me contesta de forma amable y sincera: 

- Es Manuel Rodríguez…¿Querés que te lo presente?

- Sí, por supuesto (modo bizarro: ON). 

El hombre, con los ojos un poco desorbitados me invita a sentarme y me repite lo mismo: - Soy Manuel Rodríguez. 

Mi cara de confusión lo debe haber dicho todo porque al instante explicó: 

- Soy amigo de San Martín. (Ahhh pero ahora me queda mucho más claro eh! (?) 

- Luché por la Independencia chilena. Vení, sentate. Y me invita a tomar una cerveza. 

No sé qué pensar. Realmente espero que detrás del mostrador aparezca gente con cámaras de televisión diciéndome que es una joda para un Tinelli chileno, o algo así. Pero nada, él insiste en que es uno de los Padres de la Patria Chilena, el mismísimo que está en los billetes de 2.000 pesos chilenos (ARG $20) que llevo en mi billetera. Y yo le sigo el juego. Como recorrí varios años de la historia chilena a través de la visita guiada del museo  tengo bastante frescos algunos acontecimientos históricos del país así que aprovecho entre chela y chela para preguntarle al mismísimo patriota esos hechos que me quedaron en el tintero. Todas mis dudas históricas son contestadas por Manuel (a esta altura ya es Manu!). 

No puedo dejar de mirar de reojo a mis amigos que se ríen desde el otro del bar, quienes esperaban que les dijera meramente la información y en cambio después de varios minutos les traigo algo muchísimo mejor: invito al misterioso personaje a tomar un trago con nosotros. No solo que acepta gustoso sino que mientras él encarga otra cerveza me pide que le sostenga el sable. (evitar chistes fáciles por favor). 

Voy en dirección a la mesa de mis compañeros de ruta con el sable de Manuel Rodríguez y mágicamente obtengo la atención de todos los locales del lugar. Genia, ídola, tenés el sable de Manuel Rodríguez, me gritan borrachos. Yo para ese entonces, estoy tentada de la risa. Es que claro, aquel personaje histórico es considerado uno de los principales gestores y partícipes del proceso de independencia de Chile y uno de los Padres de la Patria de Chile, junto con José Miguel Carrera, y Bernardo O'Higgins. Y yo estoy ahí, con el sable de éste héroe chileno cuidándolo (Aclaración: no es el original pero sí es uno de verdad!) 

Tratando de contener la risa

Cuando creo que el modo bizarro se va a apagar en cualquier momento, me encuentro sentada con él y mis amigos en una mesa sucia de La Piojera hablando de interesantes hechos históricos mezclados con canciones de Yayo. Sí, este señor las sabe todas y cada una de las canciones y las canta orgulloso. (??)
Le veo un anillo en su anular izquierdo entonces le pregunto si está casado. Me responde con una negación. Le explico que en mi país eso significa, por lo general, un cierto compromiso con la otra persona. 

- No, no. Ella es africana y está casada allá. Pero viste, son otras culturas. Acá soy como su amante, me la garcho no más como dicen ustedes los argentinos. 

Cuando me sigue contando de su "touch and go", haciéndose el galán y el fogoso aparece el súmmum de lo bizarro. Le suena el teléfono. 

Estoy sentada a su lado así que no puedo evitar escuchar la conversación: 
- Hola mamitaaaa! Estoy con unos amigos, no te preocupes que en un rato ya vuelvo.
Al instante me imagino que es la mujer africana pidiéndole una explicación de por qué siendo las 3 de la mañana todavía no llegó del trabajo del museo que salió a la tardecita. 

Corta el celular y me explica: Era mi mamá, pasa que vivo con ella y se preocupa si vuelvo muy tarde. (No aclares que oscurece che, hombre grande!) 

*** 
Ya no queda nadie en el bar, y un mozo que parece ser de República Dominicana casi que nos barre los pies. Con mis compañeros sabemos que al otro día tenemos un largo viaje así que decidimos partir. No antes sin sacarnos una foto en “La Piojera”. Sí, la típica foto turística en la puerta de entrada. Pero la nuestra tiene un agregado particular: Manuel Rodríguez. 

El barrio es un tanto peligroso de noche. Pasan dos muchachos con actitud sospechosa y el héroe popular nos tranquiliza: No se preocupen, yo los protejo. Acuérdense que tengo el sable. Le agradecemos la velada y nos despedimos de él. 

El conductor del taxi que acabamos de parar lo escucha y lo reconoce:

- Ese era Manuel Rodríguez, ¿no? 

- El mismo.

Y todos nos reímos.


martes, 29 de enero de 2013

A Isla Negra en busca de Neruda

“…La casa... No sé cuando me nació... Era a media tarde, llegamos a caballo por aquellas soledades... Don Eladio iba delante, vadeando el estero de Córdoba que se había crecido ...Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos...Aquí, dijo don Eladio Sobrino (navegante) y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo,  como la gente, como los árboles…”

Cuando era chica tenía un sueño: quería ser escritora. Bueno, también confieso que tuve una época que quería estudiar arqueología para irme al sur a desenterrar dinosaurios (?). Pero la pasión por la escritura comenzó desde pequeña y aún continúa. Muchas veces mientras leo un relato me pregunto desde dónde lo habrá escrito el autor. ¿Qué habrá inspirado a García Márquez a escribir “Relato de un náufrago”? ¿Lo habrá inspirado el mar? ¿el olor a café colombiano? O tal vez simplemente su fuente de inspiración fue la ducha como lo fue para el matemático Arquímedes cuando gritó la célebre expresión "¡eureka!" tras descubrir, durante un baño de inmersión, el método para determinar el volumen de un objeto con una forma irregular. 


Lo cierto es que en Chile se encuentra Isla Negra, una de las casas de Pablo Neruda y allí voy entonces junto con mis compañeros de ruta en búsqueda de uno de los lugares de mayor inspiración del poeta chileno.

La casa-museo se encuentra a unos 200 km de Valparaíso, inserta en el paisaje costero y la historia dice que el lugar antes se llamaba Las Gaviotas y que el poeta lo rebautizó como Isla Negra por el color de sus rocas y porque a pesar de no ser una isla, ahí podía aislarse para escribir.

Ni bien ingresamos al hogar, Neruda nos da la bienvenida con una leyenda grabada en una pared a la entrada: “Regresé de mis viajes. Navegué construyendo la alegría".


Hermoso mensaje, ¿no?

Un chileno alto y morocho que pienso será nuestro guía nos acerca unos auriculares y nos explica cómo avanzar en el recorrido. En el audio-guía están incorporadas las explicaciones de cada una de las habitaciones de la casa, desde la bienvenida que corresponde al número uno, hasta la estancia 16, que corresponde a la tumba de Neruda y su amada esposa Matilde Urrutia. Brinda información histórica de manera dinámica incluyendo interesantes y curiosas historias del lugar y sus objetos. Como la vez que el escritor compró esta casa (antes sólo era una cabaña de piedra) a un marino español llamado Don Eladio Sobrino en el año 1939.

Pero luego, como escribió el poeta: la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles...”. Y fue creciendo a su antojo. Con el mar como principal protagonista.


Neruda decía que era un navegante de boca. ¿Sabían que no sabía nadar?

Neruda, amante del mar, construyó la casa como un barco con techos bajos, pisos de madera crujientes, y pasillos estrechos donde guardaba sus colecciones más insólitas: mascarones de proa, pipas, botellas, máscaras, fotos de sus poetas favoritos, barquitos embotellados, réplicas de veleros y pinturas de artistas famosos. Encima de una de las tantas mesas que hay desparramadas por la casa hay una brújula china, un sistema planetario, libros sobre aves y una impresionante colección de caracolas traídas de todo el mundo (esta sala fue un proyecto que el poeta dejó inconcluso al morir y que la Fundación Neruda se encargó de terminar). 

A través de éste hogar hecho de a pedazos, con retazos, con hallazgos, lleno de colores y de historias, puedo ver la vida del poeta. Neruda era, sin dudas, un coleccionista apasionado. 

Me quedo asombrada con el inmenso y antiguo globo terráqueo y con la sala del caballo y su historia. Éste ambiente lo mandó a construir el escritor especialmente para albergar un enorme caballo de papel maché que compró y que era propiedad de una ferretería incendiada en Temuco, la ciudad del sur de su infancia. Cuando él era pequeño, pasaba por la ferretería todos los días y según cuenta la leyenda había dicho que algún día lo iba a comprar. Cuando Neruda se enteró del incendió compró el caballo e hizo una fiesta para celebrar su nueva adquisición a la que invitó a sus amigos más cercanos. Pero había un problema. Debido a las llamas, el caballo no tenía cola. Entonces tres de sus invitados le regalaron colas de caballo. Neruda le puso las tres y entonces decía que su caballo era el más feliz del mundo porque era el único que tenía 3 colas! :)

Hay también espacios que conmemoran su amistad con algunos poetas muertos, cuyos nombres hizo grabar en las vigas del bar que preside un timón de barco. Miro en especial el nombre de Miguel Hernández. Debo admitir que por unos instantes deseo ser un personaje de Woody Allen para teletransportarme como en la película “Medianoche en París”. Y estar ahí entre poetas amigos, hablando de versos, tomando un trago en el bar que simula ser un barco y fumando una pipa por qué no.


Pero sin dudas, el lugar que más atrae mi atención es la Covacha. Éste era uno de los lugares de la casa en el que Pablo se recluía a escribir. Le había puesto techo de zinc, para escuchar el ruido de la lluvia y evocar así las sensaciones del hogar de su niñez, en el lluvioso sur de Chile. Neruda decía que el mar era un regalo que habían dejado frente a su ventana: 


"El Océano Pacífico se salía del mapa. No había donde ponerlo. Era tan grande, desordenado y azul que no cabía en ninguna parte. Por eso lo dejaron frente a mi ventana."

Pensar que allí, escribió parte importante de su obra literaria...

Mirar desde el gran ventanal ese mar revoltoso y escuchar el rugido de las olas realmente inspira. Me inspira ese olor marino, mezcla de arena salada y algas. El profundo mar azul y las rocas negras rodeadas de blanca espuma, me dejan sin palabras. Me quedaría horas mirando cómo las olas rompen en el roquerío. Y entonces, de repente, me surgen unas terribles ganas de sacarme los auriculares y sentarme a escribir en su escritorio. Deseo que los visitantes de alrededor mío desaparezcan. Tomar su pluma de tinta verde, y empezar a escribir...


Y así con el Océano Pacífico, imponente, me robo un poco de ese espíritu, y me llevo prestado ese aire con olor a barco y ese puñado de arena en los bolsillos. Cierro los ojos para sentir el crujir de la madera. Y me lo imagino a Pablo escribiendo sobre el escritorio con su pluma y llevando puesto el traje que usó en 1971 para recibir el Premio Nobel de Literatura. Ese que aún está intacto en el ropero de su habitación, la que parece un altar con la cabecera de la cama hacia el oriente y con el mar a los pies.


La casa tiene personalidad propia. Es mágica. Guarda objetos curiosos y valiosos en un entorno dominado por el mar. Pienso que son suficientes razones para que Neruda decidiera ser enterrado en Isla Negra junto a su amada esposa Matilde. Allí, donde la poesía y la naturaleza se entremezclan de manera perfecta.  En el interior de la casa no se pueden sacar fotografías. Una lástima. Ya sin el audio guía recorro los alrededores con una mirada nostálgica… la de observar una casa en la playa que fue fuente de inspiración de poemas que han dado la vuelta al mundo.

***

Neruda vio Isla Negra por última vez en 1973, luego del sangriento golpe militar chileno, ya que estaba enfermo y tuvo que abandonar la casa para dirigirse a un hospital en Santiago. Recién en 1992 sus restos fueron trasladados hasta Isla Negra cuando se cumplió así la voluntad que el poeta había expresado hacía casi cincuenta años atrás en su poema “Disposiciones” del Canto general:

“Compañeros, enterradme en Isla Negra, / frente al mar que conozco, a cada área rugosa de piedras/ y de olas que mis ojos perdidos/ no volverán a ver...”




DATOS ÚTILES

Ubicación: 

  • Poeta Neruda s/n, Isla Negra, El Quisco. 
Reservas:
  • Teléfono: (56) 35-461284 
  • Email: reservasislanegra@fundacionneruda.org. El envío del correo no constituye reserva confirmada. 
  • La casa museo de Isla Negra sólo recibe visitas guiadas. 
Precios:

  • Visita guiada (español e inglés): $4.000 CH por persona. 
  • Audio guía (varios idiomas): $4.000 CH por persona. 
  • Estudiantes y jubilados: $1.500 CH por persona. 
Horario de Atención:


  • Marzo a Diciembre: Martes a domingo de 10 a 18 hrs. 
  • Enero y Febrero: Martes a domingo de 10 a 20 hrs. 
  • Lunes cerrado.

martes, 22 de enero de 2013

Amor a primera vista por una ciudad: Valparaíso

No sé la razón pero Valparaíso había despertado en mí una gran curiosidad desde hace ya un largo tiempo. Era de esos lugares que figuraban en mi lista de las ciudades que quería conocer. Aunque confieso, no sabía casi nada del lugar. Simplemente su nombre, sencillo pero dulce, me había atrapado desde el principio. Valparaíso… no me digan que no suena como un buen lugar para conocer! No es como las localidades de “Salsipuedes” en la provincia de Córdoba (Arg); “Vagina”, localidad rusa o “Fucking”, un pequeño pueblo austríaco que con el respeto que merecen sus habitantes me dan risa sus nombres. Pero lo que yo no sabía era cuántas sensaciones iba a despertar en mí esta comuna chilena. Y sí, debo confesarlo. Con Valparaíso fue amor a primera vista…


Muchos de ustedes ya sabrán que hace cuatros años consecutivos despido el año que se va y recibo al año nuevo de una manera especial: viajando con amigos. Haciendo lo que más me gusta y con las personas que más quiero. Me genera mucha curiosidad saber cómo se festeja en otras partes del mundo, conocer cuáles son sus tradiciones y costumbres a la hora de celebrarlo. Volviendo al tema, el año pasado fue un gran año, lleno de enormes cambios a nivel personal, por lo que entonces no iba a ser la excepción.


       Desde las 00:01 del 1ero de enero del 2012 donde me encontraba brindando con fernet entre amigos en un camping charrúa yo ya sabía que iba a darle la bienvenida al 2013 en otro lugar desconocido. De hecho hace ya un tiempo que mantengo una larga tradición familiar que dice que a la medianoche hay que salir a dar la vuelta a la manzana con una mochila/valija/equipaje a cuestas para que el año nuevo que comienza traiga viajes y más viajes. Creer o reventar. La verdad que a mí nunca me ha fallado (y eso que hasta di vueltas alrededor de carpas a falta de una manzana para rodear!).

Pero debo confesar que en enero del 2012 no tenía la menor idea de dónde sería mi próximo destino. En mayo tampoco. En agosto y septiembre mucho menos. Fue creo que a finales de octubre, cuando me encontraba en un importante estado de locura por la inminente entrega de la tesis que en uno de nuestros almuerzos típicos de jueves con mi amiga Merchu decidimos ir a Valparaíso con nuestros compañeros de ruta y comenzar el 2013 allí. 

       Compramos los pasajes, hicimos listitas, en el medio nos recibimos, terminamos de mudarnos, puteamos a la AFIP unas cuantas veces e hicimos couchrequests. ¿Couch qué? Acá les paso una nota interesante de una de mis bloggueras favoritas y una infografía que encontré hace un tiempo para que se informen aquellos que no saben de qué se trata Couchsurfing pero que tienen ganas de conocer otra manera distinta de viajar!  ;) 

Los couchsurfers más experimentados sabrán que a veces es difícil conseguir couch. Más difícil si es en enero donde muchos se van de vacaciones. Un poco más difícil si es en año nuevo. Y mucho más difícil si son 4 las personas que viajan. Pero nunca digas nunca y hete aquí que para la alegría nuestra conseguimos alguien que nos hospede en Valparaíso la noche de año nuevo!

(Hacé click acá si querés ver una parte de los fuegos artificiales. El show pirotécnico dura en total más de 25 minutos)

       Párrafo aparte merece la presentación de la familia Leiva que nos recibió. Nati tiene 22 años y ama la naturaleza y los deportes. Tres días bastaron para conocer su filosofía de vida, la de vivir cada instante como si fuera el último. Hace solo tres meses que está en CS y era la primera vez que hospedaba. Y pobre, le fuimos a caer nosotros 4! 

      -Pavimenta, Gil, pavimenta- me dice Danilo, el papá de Nati mientras que me muestra como le echa encima una gran cucharada de palta a su tostada. Y con este simple gesto me demuestra su bondad y generosidad. Es pelado y con bigotes. Tiene una gran sonrisa que muestra cada vez que cuenta sus anécdotas. Y como buen conductor de micros de larga distancia tiene muchas. Las de argentinos abundan, y siempre está la imitación del “che boludo” entre sus frases. 



       Su mujer, Herminia, es retacona y con rulos. Una gran cocinera, y un poco tímida al principio. Me gana la curiosidad y le pregunto sobre cómo se conocieron. La timidez es dejada de lado, y con lujo y detalle me cuenta que se conocieron en una casa de una señora adinerada donde trabajaban juntos y que por mucho tiempo se vieron a escondidas. El niño que cuidaban era el único que sabía pero él guardó el secreto de la nana. Años más tardes le mostraron el resultado final de esta historia amorosa a la señora: una familia feliz con tres hijos. 


        Que la cola de mono se hace así, que el mote con huesillo asá. Que si una persona de bajos recursos económicos escucha reggaetón en la micro sin auriculares tiene una actitud flaite, y que cuicos son los conchetos. Que bacán significa algo muy bueno, como filete o la raja (cuando es mucho más que bacán). Pero si algo es un exceso es brígido o cuático y si alguien está borracho está en la escoba o arriba de la pelota. Nos empapamos de palabras y dichos chilenos y aprendimos recetas populares. Y aunque parezca poco, tres días bastaron para encontrar en Nati y en sus padres, nuestra gran familia chilena. De esas experiencias que parecen que el tiempo corriera a una velocidad distinta porque son esas personas que sin conocerte abren las puertas de su casa y en pocos días te hacen sentir la calidez de un hogar de años.




     No estaba segura de qué iba a encontrar cuando visitara Valpo (como le dicen los locales). Mi único conocimiento de la ciudad era que tenía cerros, muchos cerros. Pequé de ignorante, y al imaginar los cerros yo pensaba en naturaleza, como los cerros a los que nos tiene acostumbrado nuestro país. Pero en realidad Valparaíso está emplazado en una bahía rodeada de cerros, en los cuales vive la mayor parte de la población. 

    Son alrededor de 46 y están llenos de casonas antiguas, iglesias de diferentes congregaciones y paseos para recorrer. De hecho, debido a las pendientes de sus cerros, muchos de los sectores aledaños de Valparaíso son inaccesibles por los medios de transporte. Es por ello que hay ascensores que además de ser puntos turísticos unen la parte alta de la ciudad con la parte plana.


       Desde los ascensores se pueden ver vistas panorámicas de la ciudad portuaria...



 
Una de las cosas que más me fascinó de la ciudad fueron sus colores. Sin dudas, Valpo es la ciudad más colorida que conocí en mi vida. Las casas están aferradas a las laderas empinadas de los cerros y están pintadas en colores brillantes en los tonos de rojo, amarillo, naranja y azul o en tonos pasteles como verde agua, celeste o lila.
         (En el 2003 la Unesco declaró al casco antiguo de la ciudad como Patrimonio Cultural de la Humanidad)
     












Valparaíso es un lugar para recorrerlo a pie; una ciudadonde lo más bello no reside en los grandes monumentos históricos, ni en los atractivos naturales sino en las pequeñas cosas, en los sorprendentes pasadizos y en sus curiosos detalles. Durante mi visita no podía dejar de mirar para arriba y observar los balcones de hierro con macetas llenas de coloridas flores. O detenerme a sacar fotos a las ropas colgadas y a los cables que se entrecruzaban. 



       






Ni que hablar de los callejones empedrados y rincones escondidos, ideales para perderse entre sus laberintos…


         

 

       Y encontrar muchos gatos descansando al sol…






    
personajes...


y mensajes...


  

      Pero el hecho que más atrajo mi atención fue la gran cantidad de murales y grafittis que hay. Y yo que pensaba que mi ciudad, La Plata, estaba llena de Street Art. Pero Valparaíso respira arte callejero!! Lo que algunos ven como vandalismo en muchos países, acá es parte de la cultura. Las paredes de las casas están adornadas con fascinantes murales. Parecen caleidoscopios de colores. La ciudad misma es un museo de arte viviente.


        Los más bellos murales se encuentran en los cerros Concepción y Alegre en los Paseos Yugoslavo, Gervasoni y Atkinson. Durante las fiestas de año nuevo, muchos de estos paseos miradores se llenan de turistas que acampan desde temprano para tener una vista más privilegiada del gran espectáculo pirotécnico que se realiza desde 1953. Después de las 12, locales y turistas salen a carretear (salir de fiesta) en las calles y bailan al compás de la música. Esa noche todo es alegría en los cerros, todos son amigos de todos. De hecho es uno de los pocos momentos donde podés pasar chupando un terremoto (trago típico hecho a base de vino pipeño, helado de piña y granadina frente a un paco (policía), abrazarlo,  brindar y sacarte una foto sin que te lleven  preso!

     En general los artistas pintan las paredes pero también hay obras de arte en las escaleras, en las farolas y en los letreros de la calle. 




      Hay grafittis socio-políticos, históricos, sexuales, con escenas de la ciudad porteña y con mensajes a favor del cuidado del medio ambiente. Otros, simplemente son decorativos pero transforman las paredes de Valpo en bohemios y pintorescos paisajes. 



  

 

      


  



  

Y para finalizar volvió la sección ¿SERÁ VERDAD?

En este viaje, ¿SERÁ VERDAD QUE:
El show de fuegos artificiales se demoró 5 minutos y algunos locales sintieron vergüenza y hasta pensaron que no iba a arrancar nunca?
- Había una nena de 6 años que bailaba sensualmente y cantaba…"te haré el amor hasta el amanecer"?
- Había un caballero que revoleaba las piernas y bailaba desacatado en un balcón ?
- La casa de cambio de monedas era una gomería?
- El señor de la casa de cambio le pidió permiso a Merchu y le firmó el yeso?
- El hit del verano fue adiós tía Paty, adiós tía Lela, adiós tía Yoselin?
- Algunos compañeros de ruta pensaron en armar una banda que se llame carretero cuático?

PD: Gracias a Alejo Santander por el post "Viaje por el #StreetArt de Valparaíso", blog en Infobae.com