jueves 2 de febrero de 2012

Reseña de libro: “La Vuelta de los 25”



"Llevo unos días completamente desubicado. Me miro el pasaporte y lo veo lleno de sellos de países extraños. En la cabeza se me cruza una cerveza en medio del desierto, un abrazo africano y un chiste en un tren hacia no sé dónde. Me recuerdo a mí mismo llorando y riendo en lugares que no sabía ni que existían. Tengo la cabeza hecha un Google Maps".

Buscando información para mi tesis sobre blogs de viajes encontré muchas bitácoras interesantes pero hay uno que sobre todo llamó mi atención: "La vuelta de los 25".
Ya al leer la presentación de Marc Serena me impactó su idea: "Al cumplir los 25 años decidí dar la vuelta al mundo con un objetivo: convivir durante un año con 25 jóvenes de mi edad de 25 países".
¿Será acaso que estoy por cumplir los 25 y por eso me intrigó? No lo sé, quizás fue simplemente porque la idea me pareció muy creativa y porque me sentí identificada con Marc por compartir la profesión y el placer de viajar.
Empecé a seguir su blog y cuando descubrí que había escrito un libro me emocioné aún más. Soy una gran seguidora de las bitácoras virtuales pero confieso que no hay nada como tener las historias plasmadas en papel. Pero qué decepción me llevé cuando supe que el libro no se vendía en Argentina. Me contacté con el autor español sin pensar que iba a tener una respuesta, mucho menos tan pronto. Pero tuve una grata sorpresa al recibir un correo de este escritor viajero que se comprometía a averiguarme y avisarme si había alguna manera de que llegara el libro a mi país.
Finalmente me enteré que un amigo de mi mamá viajaba a España por aquella época y se lo encargué. Martín me lo mandó por encomienda con la siguiente nota: “El libro es un regalo, además me tomé el atrevimiento de leerlo”. Mmm ¡¡Olor a libro nuevo!! Traído desde la mismísima España...


 “La Vuelta de los 25” cuenta el viaje de Marc por 25 países desde Johannesburgo a Moscú pero fundamentalmente relata 25 historias…de 25 jóvenes.
Para los más curiosos les adelanto algunos de los protagonistas: un DJ en Sudáfrica, una ama de casa en Swazilandia, un monje budista en Japón, un ecologista en China, una boxeadora en Tailandia, una artista maorí en Nueva Zelanda, una prisionera en Chile, un inventor en Argentina, un chamán en Perú y un profesional eater en Estados Unidos.
Durante el viaje de un año que lo lleva a dar la vuelta al mundo y a convivir con chicos de su misma edad, el autor se pregunta cómo viven, cuáles son sus preocupaciones, sus objetivos o ambiciones a futuro.  
En esta crónica amena cada capítulo es una historia única que sorprende ya sea por el descubrimiento de un paisaje, una frase inesperada, un dialogo emocionante, un fracaso o un sueño cumplido. Y así es como a través de la narración de estas historias de jóvenes con perfiles muy disímiles pero que a la vez comparten anhelos y dudas, los lectores pasamos por distintos estados de ánimo. Marc elige ceder el protagonismo a sus entrevistados y los hace hablar de una manera ágil e intensa por lo que las páginas avanzan rápido.
Actualmente, “La vuelta de los 25” está teniendo un gran éxito. Tanto la edición en catalán como en castellano han llegado a la segunda edición y hace unos meses se ha puesto a la venta también en Sudamérica a través de Chile. La nueva y buena noticia es que próximamente se traducirá en China, Taiwán y Corea del Sur. Parece que el libro salió tan viajero como su autor.  ¿Cuándo aterrizará por estas tierras? ;)

[El blog del viaje, www.lavueltadelos25.com, fue considerado en el 2009 como el mejor del mundo en lengua no inglesa en los Lonely Planet Travel Bloggers Awards después de que fuera votado por miles de internautas]

domingo 16 de octubre de 2011


Todos los días de verano la misma rutina. Él salía de su casa, sacaba la basura a la vereda y me miraba fijo. Yo caminaba por la cuadra de enfrente y con una leve inclinación de mi cabeza lo saludaba tímidamente sin obtener respuesta. Su boina gris y sus manos curtidas me recordaban con nostalgia a mi abuelo paterno. Nunca supe su nombre. Muchos menos oí su voz.

miércoles 26 de enero de 2011

¿Si el blog estaba cerrado por vacaciones? Mmm…podría mentirles y decirles que sí, pero no.

¿Si voy a escribir sobre mi reciente viaje? (Viaje al norte argentino con tres amigos) Mmm…sería lo más lógico pero tampoco.

Les recuerdo (o les informo a los nuevos lectores) lo que una vez dije en la presentación del blog : “En este espacio intentaré plasmar en palabras y con fotografías, mis experiencias viajeras. Desarmar frente a ustedes mi mochila. Aclararé a mis lectores que ésta bitácora no será cronológica sino que contaré viajes recientes, buscaré en los rincones de mi cabeza aquellos memorables viajes pasados y por qué no planearé los próximos”.

Los invito entonces a volver a viajar a Nueva Zelanda, allí donde me quedé; en aquella foto que decía: “Tercera semana en NZ en construcción”. http://mibitacoradeviajes.blogspot.com/2010_06_01_archive.html

Sí, lo sé... me colgué. Y mucho.

TERCERA SEMANA EN NZ
Hace un año atrás, allá por enero del 2010, con Jose decidimos recorrer el norte de Nueva Zelanda en uno de nuestros fines de semana libres. Rodrigo, nuestro amigo de Quilmes, se sumó al viajecito lo que nos vino de maravillas ya que además de su agradable compañía se convirtió en el conductor asignado (Manejar del lado izquierdo y por rutas desconocidas, al principio, no es tarea fácil).

La noche anterior dormimos en el departamento de Ro que quedaba en la ciudad y a dos cuadras del Rent Car para salir bien tempranito. Cenamos los fideos de siempre, los “Zafarelli,” que creo que el nombre lo dice todo. Y acompañados de unas frías cervezas Tui (las más económicas) y de música bizarra planeamos el itinerario del otro día.


-"Seguí por la 25 que ahora que se transforma en la 48, doblá la rotonda y de ahí cuatro kilómetros hasta Tutukaka. Pero la puta madre qué nombres más complicados: Kaiwara, Kawakawa, Ngunguru. No, Rooo, estás en el otro carril!!"

Como este diálogo hubo muchos, sumado al detalle que cada dos segundos había que mirar el mapa de nuevo porque se nos olvidaban los nombres muy rápido. Aunque la policía nos paró dos veces por algunas infracciones, nada pasó a mayores. Acá (o sea, allá en NZ)“Don billetín” no existe pero parece que el chamuyo argentino funciona.

De los paisajes recorridos en el camino no voy a comentar mucho; dicen que una imagen vale más que mil palabras. (Sí, frase muy pero muy trillada, ¿y qué?) Rescato los que más nos gustaron:

Langs Beach

Matapouri Beach Rainbow Falls

Wangharei Falls

Después de pasar por Whangarei que es la ciudad más importante del norte de Nueva Zelanda, llegamos a un pequeño pueblo rural llamado Kerikeri que se dedica enteramente a la recolección de cítricos y kiwis. Ahí nos reencontramos con los argentinos del avión que habían conseguido trabajo y nos hospedamos con ellos en KeriCentral, un hostel cuyos dueños eran una pareja de neocelandeses de alrededor de 20 años. Collin, así se llamaba el chico, usaba casi siempre una visera de costado. Alto y con varias adicciones conservaba intacto el alma de un niño (travieso). Me acuerdo cómo se reía cuando engañaba a la gente con una pistola de juguete que daba electricidad.

Luego de la cena de noodles (figurita repetida) y tras una cerveza que me habían prometido fuimos a un bar donde hacían una fiesta latina. Mucho “Asereje” y Macarena” (y todas esas canciones de carnaval de las fiestas de 15 que si te la pasan en La Plata es porque en breve muere la noche). Pero a la distancia todo es diferente. Entre tanta música en inglés daba placer bailar ese ritmo con los compatriotas, que se yo…esas cosas que no se explican mucho, un no se qué (diría Panigassi) que te acerca a tu país.

¿Quién dijo que los hombres no pueden volar?

De chica miraba las palomas de las plazas y me intrigaba por qué los humanos no podíamos tener alas. Quién no se preguntó cuando era niño cómo sería volar; cómo sería esa sensación en las alturas. Las dudas se me disiparon ese verano...

Fue inesperado, en esos días de viaje en que pareciera que a la mañana está todo fríamente calculado y a la noche nada salió como lo planeado. Me estaba por subir a un crucero por Bay of Islands, en la Isla Norte. Este lugar comprende un parque marítimo de 144 islas. Allí están las mejores playas del país; muchos Kiwis eligen este destino para sus vacaciones de verano.

Con clima subtropical y abundante vida marina, la arena de Bay of Islands es blanca; el agua, cristalina. Hay mucho viento, mucho. El crucero hasta “Hole in the Rock” y la experiencia de nadar entre los delfines en su habitat son las dos excursiones más populares del lugar. Por una cuestión económica había optado la primera opción: conocer el agujero natural entre las rocas.

El crucero ancló en el puerto de Pahia, la principal ciudad turística de la bahía. De allí parten los barcos de las excursiones, los ferrys y los charters de pesca. Mientras esperaba a subir, observaba la amplia variedad de cafés y alojamientos -desde backpackers hasta lujosos resorts- que ofrecía la avenida más importante.

—¡No subas! ¡Conseguí descuentos para hacer Skydiving… en media hora salimos para el aeropuerto! —me gritó excitada desde lejos mi compañera de ruta.

—¿Skydiving? ¿Cómo qué en media hora? Eso es... ¡ya!— contesté sorprendida mientras que por inercia miraba el reloj. Para tirarme en caída libre desde un avión a 15.000 pies de altura y a 200 kilómetros por hora, necesitaba mínimo una preparación psicológica.
—¿Por qué hoy? Si dijimos que lo íbamos hacer en la Isla Sur, al final del viaje…dentro de dos meses — pregunté confundida.

Se habían juntado varios factores: Josefina, mi amiga extremadamente ansiosa; las virtudes del paisaje y los descuentos económicos. Como Nueva Zelanda es la capital mundial de la aventura hay mucha competencia turística; decenas de guías cargados de mapas y fotografías salen a la calle y frenan a los viajeros para ofrecerles sus actividades extremas. Josefina, de ojos verdes achinados, había sido elegida y por dos saltos se abarataban mucho los costos (un salto con video y fotografía sale alrededor de 300 dólares). Ella, más valiente, no lo dudó y nos anotó. Había que aprovechar la oportunidad que se nos presentaba y acepté; aunque, confieso, un tanto temerosa.

Había llegado la hora del vuelo del bautismo.

Al llegar al Aeropuerto de Kerikeri, una mujer rubia de mediana edad nos obligó a firmar un certificado en el que nos hacíamos responsable de los posibles accidentes que pudieran ocurrir. Debo admitir que eso me crispó un poco los nervios. Seguía pensando que no estaba psicológicamente preparada. “Ni la ropa adecuada tengo, estoy de playa; allá arriba hace frío y hasta estoy en ojotas…se me van a caer”, pensé. La vestimenta no fue un problema, nos dieron un traje especial y debieron prestarme zapatillas (con muchas medias de por medio porque eran 39 y calzo 34).

En la sala de espera, un cartel grande y negro con letras grises alentaba a los que se animaban a esta aventura: (traducción:“No debo tener miedo. El miedo mata a la mente. Voy a superarlo y luego ya no será nada más que un simple recuerdo”)

La técnica y la postura que debíamos tomar durante el salto fue explicada a través de un video corto y muy didáctico. A medida que se acercaba mi turno, mis manos sudaban cada vez más y mis piernas comenzaban a tambalear. Hacía memoria y recordaba cada uno de los pasos que debía seguir. Mi amiga estaba cada vez más ansiosa pero parecía no tener miedo. Solo quería tirarse primera.

—Me da impresión verte caer a vos— me dijo con voz dulce mientras se acomodaba el casco protector.

En la avioneta viajaban además el piloto, dos instructores y dos fotógrafos. Era tan pequeña que sentados en el piso, no podíamos extender las piernas y se movía como un carro viejo. Carl, mi instructor, era calvo y bizco. Rondaba los 40 años y tenía un diente de oro. Su rostro no transmitía sensación de seguridad sino locura; se parecía al ladrón de Mi pobre angelito. Sin embargo, su personalidad lo compensaba. Con su carisma y sus bromas distraía y brindaba confianza durante el vuelo. Y ahí estaba, entregándole mi vida a ese desconocido que por un momento se convirtió en mi mejor amigo.

Mi compañera de aventuras se había subido primera al avión por el anhelo de tirarse antes pero había quedado lejos de la puerta. Como era tan pequeño no nos podíamos cambiar de lugar. A los 15.000 pies, abrieron la puerta. Carl y yo, atados por un arnés, sacamos los cuerpos afuera sosteniéndonos de la avioneta. El viento golpeaba con fuerza y las mejillas se habían vuelto temblorosas y rojas. El intenso frío helaba las narices y hacía que los ojos lagrimearan.

Carl me sujetó fuerte y en posición fetal nos arqueamos en forma de una banana. Recordé el video… luego de unas pruebas de bamboleo saltaríamos. Ya estaba en el baile pero no tuve tiempo ni de pensar…

—¡Banana, banana, a saltaaaaaaaar! —gritó de improvisto el profesional neocelandés.

Y Josefina me vio desaparecer entre las nubes blancas y pomposas.

Como un ave de sangre caliente, comencé a caer en caída libre a 200 kilómetros por hora durante un minuto. Fuertes sensaciones: emoción y adrenalina; vértigo sin miedo; pureza y diversión; velocidad y disfrute... cielo azul, alas e inigualable libertad.

Después de los 60 segundos más largos de mi vida, el instructor abrió el paracaídas y un sentimiento de seguridad se apoderó de mí. Al instante, los cuerpos helados se bambalearon con rapidez como en una turbulencia y las antiparras comenzaron a empañarse; estábamos atravesando las húmedas nubes.

Al ver aparecer las cientos de islas que antes había visto en los folletos y que desde esa altura se veían con tanta claridad, los ojos verdes y vidriosos se movían de un lado a otro sin parar. Durante quince minutos de planeo, sobrevolamos islas de variados colores que flotaban en el inmenso y oscuro Pacífico.

—Lo lograste chica— me dijo orgulloso Carl en un intento de spanglish cuando tocamos tierra firme.

Al llegar al hostel, aún me duraba la adrenalina y la excitación. Hacía varios días que no me comunicaba con mi familia. Decidí enviarles un e- mail: “No se infarten que salió todo bien. De las mejores cosas que he hecho en mi vida: Aprendí a volar.” Y por si no me creían, les adjunté la foto.

Video del salto: http://www.facebook.com/video/video.php?v=10150142288865232&saved#%21/video/video.php?v=10150142288865232

¡Párrafo aparte para Cape Reinga!

Al otro día me duraba la excitación por el Skydiving y aún nos quedaban un par de lugares más por conocer en el norte antes de emprender el regreso a Auckland. Con algunos argentinos y chilenos que también se sumaron pasamos por las playas que continuaban la línea de nombres maoríes graciosos. Paramos en la Península de Karikari donde la arena era blanca y tamizada como la harina (para mi gusto la mejor playa del país kiwi). Allá jugamos un partido mixto en el que mi equipo lamentablemente perdió.

Luego, fuimos al punto más al norte de la Isla Norte de Nueva Zelanda: Cape Reinga (a unos 450 km de Auckland). Para los maoríes, este lugar tiene un valor especial ya que la leyenda cuenta que desde allí parten los espíritus de los muertos hacia Hawaiki, donde llegaron los primeros maoríes a Nueva Zelanda.

A medida que íbamos subiendo, el rugir de las olas y el sonido del viento eran cada vez más intensos. Desde la altura se puede apreciar el encuentro turbulento entre las aguas del Mar de Tasmania y las del océano Pacífico. La vista del atardecer y el vibrar del agua al chocar las dos corrientes erizaba la piel. Una leve lluvia nos mojó pero al instante un arcoiris apareció detrás del faro y las gotas pasaron a segundo plano.

Mientras disfrutaba de unos ricos mates y una excelente compañía, el sol brillante en poco tiempo desapareció en el azul profundo para aparecer al instante, renovado, del otro lado del charco. Amanecía allá lejos, en mi país. Cerré los ojos, sentí el viento fresco en la cara y a mis seres queridos cerca, muy cerca.

Meses después, cuando en una mañana primaveral alguien me dijo para un feo momento "Pensá en tu lugar feliz", Cape Reinga apareció en mi mente.





Nuestra tercera semana terminó con la despedida de Rodrigo que se volvió al norte con los argentinos y chilenos donde había más probabilidades de conseguir trabajo. Pero antes hicimos otro "Must do it": El bar de hielo. Sí, ese que fue Marley. En el "Minus 5" todo es de hielo: los vasos, la barra, las esculturas y el sillón.
La joda loca, tragos riquísimos y regalados, la música a todo volumen y una cantidad de gente terrible (era lo que pensábamos, pero no, nada de eso). Sólo una entrada de 30 kiwis (eso dolió) , música electrónica, un trago asqueroso y nosotros tres con el barman (que por suerte no era de hielo!). Un frío intenso, tanto que no se soportaba aún con el traje térmico y por eso decidimos irnos de recorrida por otros bares.
Eso sí, lo bueno es que ahí nunca iba a faltar el hielo para el fernet.





Continuará…
En este viaje...¿SERÁ VERDAD QUE...
-Alguien dijo que entraba sin pasaporte a los bares y al final no pudo entrar a ninguno?
-A alguien no lo dejaban manejar tranquilo?
-Alguien tenía mucho miedo en la avioneta?
-Alguien en vez de nadar con los delfines tuvo que rescatar a un hombre que se ahogaba y después correr a los delfines?
-Alguien se quedó con las ganas de ir a Cape Reinga?
-Alguien jodía con ir a todas las cataratas?
-Alguien casi se cae a las cataratas?
-Alguien se cagó de frío en el bar de hielo?
-Vieron a la Trunchatoro de Matilda comiendo un pancho?
-Los pájaros kiwis son sólo un mito?

lunes 27 de septiembre de 2010

Principio de incertidumbre

Una nueva sección ha llegado a este blog. ¿La razón? Para contar aquellas pequeñas historias que tienen que ver con gente que he conocido en los viajes o simplemente aquellas personas que por simples detalles como una conversación, un gesto, una mirada, una actitud o una manera de caminar, me han llamado la atención y me han dejado pensando.

"Los peores antros, a las peores horas, están llenos de la mejor gente"

-¿Te ayudo? Me parece que estás en problemas…

Miré hacia abajo, a mis manos, donde estaba el problema. Esas miles de piezas destartaladas eran mi celular; se me había caído desde una escalinata y ahora parecía un rompecabezas para armar. Gruñí con mala gana. Había tenido un mal día. Él tenía razón. Mi torpeza era inaudita. Su mano blanca tomó el aparato, hizo malabares y en pocos segundos volvió a ser mi querido Vodafone.

Nunca lo había visto en el micro, aunque siempre hacía el mismo recorrido. Me subía a las ocho de la mañana para ir a la ciudad y a las seis de la tarde para volver a mi casa, ubicada en North Shore que quedaba cruzando un puente. Muchas veces los pasajeros eran los mismos, la misma rutina cada día. Conocía a Joe, el conductor de Samoa, que con un inglés a lo Tarzán me contaba que vivía muy bien económicamente en Nueva Zelanda pero que odiaba la rutina; extrañaba su país donde solía pescar seguido. También estaba Anne, una estudiante canadiense de intercambio que se sentaba siempre en el último asiento del lado de la ventanilla izquierda. A la familia Waills también la veía durante los días de semana. Estaba compuesta por Sue, una mujer rubia y elegante; John, su marido ejecutivo que iba a trabajar en las oficinas de Victoria Street, y el niño Matt, de nueve años, que bajaba primero en la escuela privada de Birkdale.

Pero a él no lo había visto nunca. Le agradecí por su gesto amable. Me sonrió. Era un joven recién rapado pero por las espesas cejas se notaba que era rubio. De ojos celestes, tenía una mirada especial, frágil, que me dejó pensando. Era nacido en Escocia pero fue criado desde chico en tierras maoríes. Llevaba una musculosa blanca; era verano y hacía mucho calor. Tenía cuerpo de hombre fornido pero cara infantil. Su sonrisa tenía un dejo de ingenuidad y sencillez.

-Mirá qué hermoso atardecer- dijo señalando a través de la ventana del micro. Un sol anaranjado se reflejaba en el agua cristalina donde cientos de veleros estaban anclados uno al lado del otro.

-Como una postal- contesté admirada por el paisaje.

Se tomó el atrevimiento de tomar mi mano. No me lo esperaba, pero fue con delicadeza.

-Me gusta tu anillo, ¿qué significa?- me preguntó con curiosidad.

Le conté que eran mis iniciales y que me lo había regalado mi abuela cuando cumplí los quince. Aproveché la oportunidad para presentarme. Él se llamaba Benjamín y tenía 24 años.

-Es hermoso. Me gustan mucho los anillos- dijo entusiasmado. Al instante, me mostró el suyo, una libélula de plata de gran tamaño que resplandecía con una tonalidad metálica.

-Soy orfebre. Estoy trabajando en esto ahora.

Sacó un viejo cuaderno de su mochila y en sus páginas había un dibujo realmente alucinante. Era el paisaje que acabábamos de ver, aquella postal del puerto; me miró con complicidad.

Se dio cuenta que era extranjera, pensó que era rusa. Me preguntó por mi vida, difícil tarea la de resumir en un recorrido de treinta minutos y a un desconocido. Le hablé sobre mi país, de mis estudios de periodista y mi afición por la fotografía y los viajes. Deseó con simpatía que algún día le pudiera sacar fotos a sus obras de arte.

Ben amaba la naturaleza y soñaba algún día con comprar una casita en el campo para vivir con su hijo de dos años. Cuando hablaba de él, el rostro le cambiaba completamente, aparecía una sonrisa brillante de anhelo y protección. El hijo no vivía con él; admito que me intrigó el motivo pero no pregunté.

Me quedé mirando su brazo izquierdo, un tatuaje tumbero. Aunque desvié la vista rápidamente, Ben se dio cuenta.

-Es una larga historia. Soy adicto desde chico, estoy tratado de salir. Mis dibujos me ayudan.

Aquella explicación me entristeció. Sentí que el alejamiento de su hijo se debía a aquella razón. Pareció leerme la mente.

-Igual lo estoy empezando a ver más seguido, este fin de semana lo voy a llevar a Takapuna, una playa cercana ¿Conocés?- dijo con esperanza mientras guardaba el cuaderno de dibujos. Le sonreí y afirmé con la cabeza.

Ya estaba llegando a la rotonda de Birkdale donde debía bajarme. Éramos pocos los que aún quedábamos en el bus. Parecía que iba a llover, lo que no era raro en Auckland. Deseé haber vivido más lejos para continuar la charla, me había cambiado el humor y no se trataba de un encantamiento amoroso para nada.

-Adelante, vos primera- indicó con caballerosidad. Él también se bajaba en la misma estación. Saludé a Joe, a quien vería al día siguiente.

Benjamín hizo un chiste con mi celular y nos despedimos en direcciones opuestas. Caminé lentamente cuando unas gotas de lluvia empezaron a mojarme y aceleré el paso. Me di vuelta para verlo partir. Pensé que no lo iba a volver a ver.

A la mañana siguiente, a las ocho en punto como siempre tenía que estar en la parada del micro que me llevaba a la ciudad. Como llegaba tarde corrí las cuatro cuadras en subida. Con la respiración entrecortada, tenía los cordones desatados, el pelo enmarañado y la mochila abierta y revuelta. Una cara conocida se rió de mi deplorable estado. Me sorprendió ver a Ben. A él también; se alegró.

Nos sentamos en los asientos de atrás y conversamos todo el viaje. Me preguntó cómo había pasado aquella noche tormentosa; no había podido pegar un ojo y eso que soy de las personas que aman dormir con lluvia. Me habló de un té que él tomaba cuando lo aquejaba el insomnio. Le sucedía seguido. “No es nada raro, un simple té” me dijo riéndose tímidamente. Le alcancé un papel para que me lo anotara porque no le entendí la pronunciación. “Camomile”, dije en voz alta, lo voy a probar. Cuando busqué la traducción resultó ser té de manzanilla.

Del otro lado me había anotado su mail. Le había contado que al día siguiente me iba de la ciudad, continuaba mi viaje en la isla sur.

-Para que me escribas cuando llegues a tu país.

-¡Queen y Victoria Street!- gritó el conductor de la empresa Birkenhead.

-Acá me bajo. Te escribo y seguimos en contacto.

-Dale, yo sigo unas paradas más, voy a Parnell a vender mis anillos.

Le deseé suerte, él buen viaje y nos despedimos. La tormenta había desaparecido y parecía que al mediodía aparecería de nuevo ese sol radiante de marzo.

Un mes después, cuando volví a Argentina, le escribí como había prometido. Me contestó a los dos días. Se acordaba de mí, la chica del micro. Le pregunté por su hijo y sus diseños. Me contó de aquel fin de semana en la playa, donde se habían bañado en el agua y comido tarta de kiwi (que no estaba nada mal porque estaba muerto de hambre). Unos nuevos modelos lo tenían ocupado por aquellos días y tenía pensado entre sus nuevos proyectos volver a estudiar. Se ofreció a ayudarme a practicar el inglés y quería aprender “argentino”. Intercambiamos novedades, canciones y fotos. Pero desde aquel último mail de abril no supe más nada de él.

En algún rincón lejano, una libélula se posa sigilosamente sobre una caña, levanta sus alas largas y delgadas y despega vuelo en dirección sur.


miércoles 22 de septiembre de 2010

El legado de Heródoto...

Esta vez no hay relato propio sino simplemente la intención de compartir este artículo que me gustó mucho. Habla de los viajes, el periodismo y reivindica el reportaje literario.

Ah! y un pedido. Si por casualidad alguien tiene o encuentra en alguna librería "Viajes con Heródoto" (tb de Kapuscinski) avísenme por favor que lo estoy buscando hace mucho! =)

Por Ryszard Kapuscinski (*)

Herodoto, que vivió hace 2500 años y nos dejó su Historia , fue el primer periodista de investigación. Es el padre, el maestro y precursor del reportaje. ¿De dónde viene este género? Tiene tres fuentes, de las cuales viajar es la primera. El viaje no en el sentido de un paseo turístico o una salida para descansar, sino como una ardua y concienzuda expedición de descubrimiento que requiere una adecuada preparación y una planificación e investigación cuidadosas a fin de reunir material de charlas, documentos y la propia observación del lugar. Ese es justamente uno de los métodos utilizados por Herodoto para llegar a conocer el mundo. Durante años viajaría a los más lejanos lugares de la tierra conocida por los griegos. Fue a Egipto y a Libia, a Persia y a Babilonia, al Mar Negro y hasta el norte de los Escitas. En su época, se imaginaban a la Tierra como a un círculo chato en forma de plato rodeado por una gran corriente de agua llamada Océano. Y la ambición de Herodoto era llegar a conocer todo ese círculo.

Herodoto, sin embargo, además de ser el primer reportero fue también el primer universalista. Completamente consciente de las muchas culturas que había sobre el planeta, ansiaba conocerlas a todas. ¿Por qué? Según él, uno puede conocer mejor su propia cultura cuando se familiariza con otras, ya que la propia revelará mejor su profundidad, su valor y sentido sólo cuando encuentre su reflejo en otras, en la medida en que éstas irradien una mejor y más penetrante luz en la propia.

¿Qué logró con su método comparativo de confrontación y reflejo? Bueno, Herodoto enseñó a sus conciudadanos la modestia, atemperó su vanidad y orgullo desmedido, el sentimiento de superioridad y arrogancia hacia los "no-griegos", hacia todos los demás.

"¿Ustedes manifiestan que los griegos crearon a los dioses? De ninguna manera. En verdad, ustedes se apropiaron de los dioses egipcios. ¿Dicen que sus construcciones son magnificentes? Sí, pero los persas tenían un sistema de comunicaciones y transporte muy superior."

Así, Herodoto intentó a través de sus reportajes consolidar el mensaje más importante de la ética griega: el autodominio, el sentido de la proporción y la moderación.

Además de los viajes, otra fuente del reportaje es la otra gente, la que se encuentra en los caminos y aquélla por la que uno viaja para conocer, con el fin de que nos transmita sus conocimientos, sus historias y opiniones. En esto Herodoto demuestra ser un extraordinario maestro. A juzgar por la manera en que escribe, a quién entrevista y la forma en que les habla, Herodoto da la impresión de ser un hombre abierto y lleno de buena voluntad hacia los otros, que se relaciona con facilidad con los desconocidos, interesado por el mundo, observador y sediento de conocimiento. Podemos imaginarnos su forma de actuar, hablar, preguntar y escuchar. Su actitud y comportamiento muestran lo que es esencial en un periodista: respeto por el otro, por su dignidad y valor. Escucha atentamente los latidos de su corazón y la manera en que los pensamientos atraviesan su mente.

Herodoto advierte la debilidad de la memoria humana, consciente de que sus interlocutores relatan diversas y a menudo contradictorias versiones de una misma historia. De ahí que sus informes sean multidimensionales, ricos, vívidos y palpables. Herodoto es un infatigable reportero. Se toma el trabajo de andar cientos de kilómetros por mar, a caballo o simplemente a pie sólo para oír otra versión de un acontecimiento del pasado.

El quiere saber, no importa el precio que deba pagar, y desea que su conocimiento sea el más auténtico posible, el más cercano a la verdad. Este escrúpulo estableció un buen ejemplo de la responsabilidad que asumimos en todo lo que hacemos.

La tercera fuente del reportaje es el trabajo del periodista en su casa: leer lo que se ha escrito y perdura en los textos, inscripciones o símbolos gráficos relacionados con el tema en que se está trabajando. Herodoto también nos enseña cómo ser investigadores cuidadosos.
En su época, la cantidad de materiales con los que se podía contar era mucho más pequeña que aquélla de la que disponemos hoy. Cualquier cosa que se lograba reunir era muy apreciada. Naturalmente él había leído a Homero, a Hesíodo y a poetas y dramaturgos. También descifraba inscripciones en templos y murallas.

Sensibilidad a los detalles

Todo era importante, potencialmente capaz de revelar un mensaje o un nuevo significado. Con su propio ejemplo, Herodoto mostró que un reportero debía ser un observador cuidadoso, sensible a los detalles que parecen insignificantes y banales pero que pueden resultar símbolos o señales de mundos mucho más importantes que pertenecen a un orden más elevado.

"Todo el mundo tiene la tendencia natural a adquirir conocimiento", afirma Aristóteles, algo más joven que Herodoto, en el comienzo de su Metafísica . Y agrega que es la vista la que juega el papel más importante porque es la que percibe mejor las diferencias. Nosotros también sabemos de la importancia del ojo del reportero, atento, penetrante, observando lo que parece invisible, lo que puede ser la otra cara de un determinado fenómeno, a menudo lo más importante.

Sin embargo, el problema es que, para observar lo que es esencial, uno tiene que estar en el lugar. Y para llegar allí hay que movilizarse, viajar. Y de esos viajes, de su presencia en el lugar, resultaron los grandes reportajes de Herodoto sobre el mundo que hemos estado leyendo durante 25 siglos. El reportaje surgió de lo que Aristóteles llamó "la tendencia a adquirir conocimiento". Y en este deseo humano, la pasión del periodista se encuentra con las expectativas de sus lectores, de sus oyentes y espectadores.

Un reportero movido por la "tendencia a adquirir conocimiento" trata de compartir con sus lectores la curiosidad por el mundo, la propia tendencia de ellos a "adquirir conocimiento".

Por ello un buen reportaje es tan apreciado en el mundo contemporáneo. El hombre de hoy vive en un mundo pensado por los medios, de ilusiones y apariencias, simulacros y fábulas, y siente instintivamente que se lo alimenta con mentiras, hipocresía, falsedad y manipulación virtual, por lo que busca algo que tenga el poder de la verdad y de la realidad. Es decir, cosas auténticas.

Lo veo en mis encuentros con los lectores. Cuando relato alguna de mis aventuras de corresponsal, es posible que alguien me interrumpa con la pregunta: "¿Es eso auténtico?" Le aseguro a dicha persona que realmente estuve allí y una ola de alivio circula entre la audiencia y se establece una atmósfera amistosa. Porque están participando de algo real ya que alguien que ha sido testigo del hecho realmente está allí frente a ellos.

Entonces, ¿qué es un reportaje literario? ¿Cómo definirlo y describirlo? No es fácil, ya que vivimos en un momento de "géneros confusos", una especie nueva.

Cuando trabajé en países del Tercer Mundo como corresponsal de una agencia de noticias durante bastante tiempo, tenía la frustrante sensación proveniente de la pobreza del lenguaje periodístico al confrontarme con la rica, variada y colorida realidad -a menudo difícil de definir- de esas culturas, costumbres y creencias.

El lenguaje que a diario se utiliza en la información y que usamos en los medios es muy pobre, estereotipado y lleno de fórmulas. Por esta razón enormes áreas de la realidad que manejamos se encuentran fuera de la esfera de la descripción, pues el mensaje con fórmulas es incapaz de transmitirlo. Entonces, ¿cómo salir de este cul de sac de sentimientos insatisfactorios y de frustración?

Nuevo Periodismo

Yo me valgo de las sugerencias de escritores como Truman Capote, Norman Mailer y Gabriel García Márquez, cuyos escritos cabalgan en el borde de la ficción y la crónica periodística. Ellos introdujeron la expresión "Nuevo Periodismo". Con ella se referían al tipo de escrito en el que acontecimientos auténticos, historias y accidentes verdaderos se describen con un lenguaje que contiene las opiniones y reacciones personales del escritor y a menudo con condimentos tales como el agregado de color, es decir con técnicas y formas de la ficción. Esta combinación creativa y enriquecida de dos formas y técnicas de comunicar y describir constituye lo que llamamos un reportaje literario.

Este resultó ser una feliz y original "mezcla de géneros", especialmente a la luz del progreso en la ciencia y la tecnología, que ha enriquecido y diferenciado increíblemente el aspecto del mundo, cada vez más difícil de describir con el lenguaje.

Yo mismo lo percibí al escribir La Sombra del Sol ¿Cómo describir una jungla con el lenguaje de la información periodística? Esto es absolutamente imposible a menos que se utilice el tesoro de las belles lettres con su variedad de expresiones. Por otro lado, hoy, la misma literatura se vale continuamente del reportaje.

¡Observen cuántos periodistas son personajes de ficción, cuántas descripciones tienen el estilo de los reportajes en fragmentos y diálogos clásicos de la ficción!

En este mundo multicultural quienes pertenecen a otras culturas demandan ser tratados como iguales, reclaman el mismo respeto y ser tenidos en cuenta. Está ya bien establecido que no hay culturas mejores o peores y que la diferencia está dada sólo como resultado de condiciones geográficas e históricas específicas.

El problema es que sabemos poco sobre otras culturas y es posible que actuemos más con estereotipos fáciles y falsos que con el adecuado conocimiento. Esto es lo que Herodoto comprendió muy bien.

Más aún, él sabía que sólo el mutuo conocimiento hace posible la comprensión y comunicación y es el único camino hacia la paz y la armonía, la cooperación y el intercambio.

Con esta idea in mente , el periodista se zambulle de lleno en la actividad: viaja, investiga, toma notas, explica por qué otros se comportan de un modo distinto que nosotros y muestra que esas otras formas de existencia y comprensión del mundo tienen una lógica propia, son razonables y deberían ser aceptadas en lugar de generar agresión y guerra.

Así es sencillo ver la responsabilidad de nuestra labor, el reportaje.
Al ejercer nuestra actividad no somos sólo hombres o mujeres con intereses literarios, sino también una suerte de misioneros, traductores y mensajeros.

No traducimos de una lengua a otra, sino de una cultura a la otra, a fin de que mutuamente se comprendan mejor y por lo tanto se sientan más cercanas.

(*) Ryszard Kapuscinski (1932 - 2007) fue un periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta polaco.

martes 1 de junio de 2010

Y SE VA LA SEGUNDA...

Después de tantas vueltas empecé el curso de inglés en EF. La primera semana de clases tuve una profesora regordeta y muy simpática que me hacía acordar a la típica maestra ciruela. Luego la cambiaron (desconozco la misteriosa razón) y nos pusieron a un profesor llamado Phil. Él es pelado, de unos 37 años y dice ser mitad inglés y mitad neocelandés. Tiene una gran boca con dientes brillantes que muestra siempre cuando sonríe con sus bromas habituales. Su muletilla es decir “Pretty sweet assss” y subir las cejas bien alto cuando explica alguna regla gramática o enseña vocabulario nuevo.
Del resto de mi clase diré que era como un zoológico con compañeros de distintas “especies”. Los latinoamericanos (argentinos, chilenos, colombianos) éramos mayoría. También había asiáticos, fundamentalmente chinos, japoneses y coreanos. Los europeos eran los menos: un chico alemán fanático del tenis, una dinamarquesa que tenía el look de Melissa Joan Hart en la serie Clarissa, un francés rubio que hablaba bien español y más tarde llegó una chica de Varese, Italia.

La mayoría tenía entre 16 y 20 años, era la mayor hasta que llegó la italiana. Excepto por la dinamarquesa Malou y un par de chilenos y argentinos que eran bastantes maduros, me sentía como sapo de otro pozo. Nunca tuve complejo de edad, me encantan mis 22 pero me di cuenta que esa fue una de las razones por las cuales preferí juntarme con gente extracolegio. Para hacerles más gráfica la situación diré que mis compañeros estaban viviendo su primera experiencia de independencia de sus padres y poco les importaba el curso. Aprovechaban que tenían plata y estaban solos a miles de kilómetros de sus familias y vivían de joda en joda, destilaban alcohol todos los días y se la pasaban chusmeando los amoríos de la gente. Además estaban con las hormonas a full, se tocaban, se tentaban si decían puteadas, imagínense cuando aprendían las puteadas en todos los nuevos idiomas!! En fin, ya sé… acabo de sonar como una vieja chota, ¿seré una futura Dorita en potencia? Basta hablar de la diferencia de edad que me deprime, ya volveré con esto más adelante.

Los días que salíamos temprano del instituto, nos íbamos junto a nuestro querido mate argentino a disfrutar de las tardes soleadas neocelandesas. A veces se sumaban a charlar Rodrigo y el chileno Luis. El Albert Park era uno de los destinos más elegidos por su cercanía al centro y Browns Bay, que está ubicada en el norte de Auckland a 30 minutos de nuestras casas, fue otra de las playas que conocimos gracias a esas tardes libres.

Una coreana en mi habitación
En esta segunda semana llegó a mi casa una nueva integrante. Se llama Su Yeon Park y es coreana. Ni bien se presentó, se debe haber dado cuenta de mi cara de no haber entendido nada su nombre (los que me conocen saben que tengo una cara extremadamente expresiva) por lo que me dijo que simplemente la llamara “Su” (por dentro me reí mucho pensando en mis espontáneos amigos Gabo y Marisú que creo que hubieran dicho: “Como la Su Giménez!”. Le dije que me llamaba Gil (también decidí ahorrarle sílabas). Que feliz que me sentí allá al no tener que escuchar cada vez que me presento el típico: ¡¿Gilda como la cantante??!!

Su es bajita, de pelo negro y ojos almendrados (si, claro… como cualquier asiática dirán. Es cierto, pero les juro que después de ver todos los días coreanos, japoneses y chinos y establecer contacto con ellos, de a poco uno solo empieza darse cuenta que tienen algunos rasgos especiales diferentes). La nariz de Su Yeon es chata; los labios gruesos y en su frente ancha se resaltan las cejas prolijamente depiladas.
Nació en 1989 y tiene 22 años. Confieso que no soy amante de las matemáticas pero en esta ocasión no me confundí. Repito: es del 89 y tiene 22 años. Según la tradición coreana, la edad de una persona se cuenta desde la concepción. Los recién nacidos empiezan teniendo un año y cada Año Nuevo agrega un año a la edad de la persona, en vez de agregársele el día del nacimiento. Otras culturas asiáticas comparten este mismo sistema pero está siendo poco utilizado. En Corea, en cambio, en la vida diaria es comúnmente usado con excepción del sistema legal que se hace a la manera occidental. Me costó entenderlo al principio, no le encontré sentido, pero de eso se trata viajar e intercambiar culturas. Hay cosas que no se comparten y simplemente se aceptan como son.

Su tiene un hermano menor de 18 y está en segundo año de la Facultad de Ciencias Económicas en su país. Siempre pensé que los asiáticos eran muy fríos y agresivos pero Su es de lo más amigable y simpática. Se interesaba en saber cosas de mi país por lo que en la cena o antes de dormir, nos acostábamos y nos quedábamos charlando horas. La primera semana me costó entenderla, su inglés es bastante elemental pero está aprendiendo rápido, hablo en presente porque ella sigue allá hasta agosto y me sigue contando por mail sus avances. Al principio era gracioso, nos comunicábamos casi por señas, después pasamos a hablar con monosílabas o a lo tarzán, y finalmente mejoramos. Y sino, de alguna manera nos hacíamos entender. Hay gestos que son universales.

Hemos tenido charlas de lo más superficiales (cómo se depilan o se maquillan las mujeres en Corea) hasta más serias como cuestiones políticas entre las dos Coreas. Aproveché mis recientes conocimientos de historia del siglo XX donde había estudiado la guerra de Corea con Pujol para saber la opinión de una nativa. Ella es de Corea del Sur y no conoce la República Popular Democrática de Corea, me contó que es muy difícil cruzar la frontera.

También nos divertíamos intercambiando palabras de nuestros idiomas. Le enseñé algunas en español y aprendí otras en coreano, muy pocas…es demasiado difícil!

Su Yeon es muy coqueta; se maquillaba todos los días bien temprano, aún para estar dentro de la casa. No saben la alegría que tuvo el día que como extrañaba a su familia, para que se distrajera y para levantarle el ánimo, le dije que me podía pintar las uñas de naranja! Puajj Horrible. Para ella fue como hacerle un cambio de look a la cholito.

También es golosa, está aprovechando que está lejos de su familia que parece que la tienen bastante cortita con la comida (fuera de broma, creo que en Corea tienen algún tabú particular con el tema de la belleza y la gordura). Si las mujeres pesan más de 53 kilos ya son consideradas como personas gordas. Como en Nueva Zelanda no tiene esos complejos, se está dando todos los gustos. Los muffins de chocolate de Countdown son su debilidad. La primera semana engordó 5 kilos y en una carta me contó que decidió empezar a hacer dieta porque aumentó 12 kilos y no le entra la ropa que trajo.

Dejo la “biografía” de Su a un lado y retomo a mi segunda semana pero quería que la conocieran brevemente ya que fue una de las personas más interesantes y valiosas que conocí en este viaje.
Skype nos acerca
Otro hecho particular que me pasó esta semana fue que tuve mi primer contacto con mi familia y mi amiga Coty que es como una hermana que no tengo. Me había hecho socia de un Cyber que por una promoción me daban diez horas de Internet por un mes, por 20 kiwis. Era una buena oferta y era la época en que tenía plata. Cuestión que con el Cyber aproveché para usar Skype. Me alegró ver con la cámara a mi mamá y a mi abuela Estrella. De fondo pude ver que mi pieza estaba igual que siempre, aunque un poco más ordenada. Parecía que mi vieja aprovechó mi ausencia para hacer un poco más de limpieza. Mi gato estaba hinchapelotas y cariñoso como de costumbre. Mientras hablábamos saltó a la falda de mi mamá, como si presintiera que estaba hablando conmigo.

Cuando hablé con Coty me invadió un sentimiento raro. Tenía muchas ganas de verla, sobre todo de escucharla pero ni su cámara ni su micrófono andaban así que ella me miraba y me escuchaba y yo me tenía que conformar con leer lo que me escribía. Era muy gracioso porque por la diferencia horaria me tuve que comunicar a las siete de la mañana de Nueva Zelanda y estaba recién levantada, con una cara de dormida tremenda. Fue muy loco sentir que estábamos tan pero tan lejos. Fue raro hablar como siempre pero en vez de decirnos “en la semana mateamos” despedirnos con un “te extraño”, “mandá mails con novedades”. A la distancia, las cosas tienen otro color. Uno valora más hasta los pequeños gestos. Me acuerdo que ese día salí contenta del Cyber y riéndome con el empleado del local a quien le hablaba en inglés y resultó ser mexicano.

En búsqueda de una visa
Ese mediodía fuimos con Jose al Consulado de Australia en Auckland para solicitar la visa de turista. Después de tanto trámite en Buenos Aires creo que hasta recé para que nos la dieran en NZ. La tercera visa tenía que ser la vencida o seriamente iba a empezar a creer que “el mundo del visado” estaba en mi contra. Además, si necesitábamos otro papel a esa altura ya estábamos fritas. Cuando nos tocó el turno nos mandamos muy seguras a mostrarles la enorme cantidad de papeles que habíamos traído (o al menos eso creíamos). El chico rubio que nos atendió nos pidió el formulario, el pasaje, un comprobante de estudio o trabajo en Argentina, una foto y un comprobante de dinero. Teníamos todo y más, respiramos tranquilas. Le mostramos orgullosas nuestras fotocopias de las partidas de nacimiento debidamente certificadas (acuérdense de los trámites que tuvimos que hacer para llegar a esto!). “What is this? Is not necessary!”, nos dijo el neocelandés. Qué lástima que no había nadie para sacar una foto a nuestras caras de estupefacción. ¿¿Cómo que no era necesario??? Lo queríamos comer crudo, por lo menos…no sé… mentime, decime que no perdí días enteros en capital haciendo trámites y gasté dinero en firmas y sellos sin razón de ser. En ese momento también me acordé bastante del apodado “apostillador”, el chico del Ministerio que nos había dicho todos los trámites que teníamos que hacer. Sinceramente lo maldije bastante pero ahora si me está leyendo sabe que está perdonado gracias a los efectos de un té.

Igualmente parecía a propósito, pero siempre nos faltaba cinco para el peso. Cuando le dimos nuestros resúmenes de cuenta de la tarjeta de crédito (traducida) el neocelandés del Consulado dijo que eso no servía para justificar que íbamos a tener dinero. Le contamos que teníamos dinero en efectivo, hasta desesperadas le gritamos que lo teníamos ahí encima, que se lo mostrábamos. Lo tenía en un monedero en mi cintura. Ya me había acostumbrado a tenerlo conmigo. No me lo sacaba nunca, no sea cosa que me lo robaran o lo perdiera! Solo me lo sacaba para bañarme, hasta dormía con él. Un poco paranoico lo mío quizás. Era como una parte de mi cuerpo: dos piernas, dos brazos, una cabeza y un monedero. Encima era pesado porque, no se crean que llevaba monedas de oro, pero si una cadenita religiosa que me había dado mi abuela para que me acompañara en el viaje. Como la religión no va mucho conmigo no me la quise poner en el cuello pero la acepté como una reliquia que pertenecía a un familiar muy querido. Son esas cosas que dan gusto tenerlas un tiempo y que hay que cuidarlas demasiado. En fin, retomo al tema de la visa. La conclusión fue que nos iban a dar el visado porque cumplíamos los requisitos; solo faltaba hacernos una cuenta en Nueva Zelanda, depositar algo de plata y pedir un comprobante al banco para demostrar que teníamos dinero depositado. Puf! Otro trámite mássss!. Por suerte, el empleado del banco nos simplificó las cosas, fue más fácil de lo pensado y hasta gratis. Claro, nos acordamos que se trataba de un país desarrollado. Además, ahora podíamos depositar la plata ahí y no llevarla siempre con nosotras. Finalmente, después de tanto trámite, a la semana siguiente obtuvimos nuestro bendito pasaporte con la visa de Australia aprobada! Una buena por fin!!
Rotorua
El segundo fin de semana que tuvimos libre hicimos nuestro primer viajecito. Fuimos con una empresa que organizaba viajes con los institutos de inglés. Por suerte nos tocó el micro de la gente mayor de 20. Ya me imaginaba a los pendejos cantar Rotorua, Rotorua, nos vamos a Rotorua (con ritmo de Bariló, Bariló). Bueno basta, Dorita, basta!
El paquete incluía transporte, alojamiento y desayuno en Rotorua, Waitomo y Taupo, tres lugares que quedan al sur de Auckland, a dos horas y media aproximadamente. Cuando llegamos al backpacker a la noche, tuvimos que elegir a dos personas más para compartir la habitación. En el micro estaban una señora mayor rusa y su hija, un grupo de tres brasileras que eran demasiado verborrágicas y una japonesa y una china con la que habíamos intentado entablar una conversación durante el viaje. Decidimos juntarnos con las asiáticas y fue la mejor opción.

Con las brasileras no había feeling, como se dice ahora. Sin motivo alguno, parece que la pica futbolística entre Argentina y Brasil se había trasladado a Rotorua. En la cena cocinaron unos fideos con una deliciosa salsa acompañada con un vino, invitaron a los suizos y a los otros brasileros y a nosotras ni nos sugirieron que nos sentemos con ellas. Apartadas en un rincón, comimos nuestra humilde cena: un pan lactal con una lata de atún.


Finalmente parece que el vino los entonó y se pusieron más sociables y nos llevamos mejor. Más, cuando de repente la alarma de incendio del hostel empezó a sonar muy fuerte y el guía desesperado gritó: “Fire, out, out”. Corrimos rápido afuera, mientras que al pasar los borrachos salvaban el alcohol que quedaba. Afortunadamente, fue una falsa alarma producto de que alguien había fumado adentro, que sirvió para reírnos y pasarla bien. Eso sí, evitamos tocar el tema fútbol porque perdíamos como la guerra! Éramos dos contra quince!

Me olvidé de contarles que antes de la cena, mientras todos iban a tomar un helado, Jose y yo decidimos ir a caminar por la ciudad de Rotorua. Nos entretuvimos sacando fotos. A la distancia, vimos una iglesia y unas humildes casitas de la cultura maorí que nos llamaron la atención y curiosas, decidimos ir caminando hasta allá para verlas mejor. Pero de repente nos perdimos. La calle dejó de ser de asfalto para pasar a ser de tierra, cada vez había más descampado y largos yuyos. En ese momento me acordé del guía diciéndonos: “No se metan en el parque después de las nueve de la noche porque es peligroso” . Nunca nos habían hablado de la inseguridad en NZ ya que todo es muy seguro. ¿Por qué nos habían dicho eso? La verdad que no tenía ganas de volver a pasar por lo mismo de la primera noche. Encima en Auckland por lo menos alguien nos esperaba. En Rotorua, creo que si no volvíamos a la cena, nadie se hubiera percatado de nuestra ausencia. Hasta quizás las brasileras se hubieran puesto contentas. Cada vez era más de noche y cada vez había más zonas descampadas. Las casitas también se hacían más precarias, era lo más cercano a estar en una villa de Argentina. Con la cámara de fotos y la filmadora colgando y el mapa en mano hacíamos la gran: “Hola soy turista, vení a robarme!” Pasó un auto y le preguntamos por el parque principal porque el hostel estaba en frente. Amablemente, se ofreció a llevarnos y amablemente también le dijimos que preferíamos caminar. Le tendrían que haber visto la cara: un maorí de dos metros que nos aterrorizó un poco. Sí, admito que fue portación de rostro. Volvemos otra vez a lo mismo, quizás era un muy buen tipo que quería ayudarnos pero por las dudas preferimos no subirnos y caminar (cada vez más rápido). El auto nos siguió un poco. Después aceleró y giró para otro lado. Finalmente llegamos al hostel y le contamos al guía, que era de Hungría pero que hacía años vivía en NZ, lo que nos había pasado. Opinó que no había sido la mejor idea haber ido solas por esa zona y que para la próxima nos iba acompañar.



Después de “la cena” del hostel, como era viernes salimos a ver cómo era la movida nocturna allí. Fuimos a un bar que nos habían recomendado que se llamaba Lava Bar. La música estaba buena, era dance, pasaron bastantes temas conocidos. Las chicas, siempre de minifalda o vestido (no se estila salir con jeans, las que visten así son latinas) bailaban desaforadas, meneaban su cuerpo y movían sus cabezas cual Giordano en su mejor momento. Los chicos, bien vestidos en general, o bailaban con mucha gracia y talento o hacían unos papelones terribles.

Nosotras, no acostumbradas a bailar ese estilo de música, decidimos seguir a los que hacían papelones y luego tomar algo en la barra. Los brasileros y los suizos que estaban con nosotros en el viaje, también se sumaron a los papelones. Cuando pedí un trago que un argentino me había recomendado que pidiera, la moza me dijo que no lo vendían más porque la gente terminaba en el hospital. Menos mal, porque no tenía intención de terminar con un coma alcohólico. Nos conformamos con probar una bebida de ahí que era como un doctor lemon con vodka.



En los bares de Nueva Zelanda, a diferencia de lo que se acostumbra en Argentina, se estila que los hombres inviten bebidas a las mujeres pero sin otra intención más que charlar un rato. Matthiew, el chico Heineken como lo bautizamos, nos invitó un par de cervezas y aprovechamos sus invitaciones para practicar el inglés.

Maorí Village
Al otro día bien temprano nos levantamos para ir a la Maori Village. Sin dudas este paseo es otro gran must do it! Es que Rotorua es mundialmente conocida por su vibrante cultura Maorí. Es el lugar ideal para aprender y entender un poco más de esta cultura única.
En la Maorí Village (Whakarewarewa) viven alrededor de 80 personas. En su interior, llaman la atención la gran cantidad de piletones y pozos. Con una temperatura sumamente alta, el agua fervorosamente destila un olor nauseabundo similar al de un huevo podrido, producto de los minerales que poseen como por ejemplo azufre.



Estos recursos geotermales o springs como comúnmente se las llaman, tienen diversas utilidades según sus tamaños y minerales. Algunas se usan para calentar los ambientes, otras para bañarse y otras para cocinar.






En el momento de la excursión, una mujer maorí nos mostró cómo sacaba de un agujero excavado en la tierra, un pollo entero perfectamente cocido junto con una enorme variedad de verduras. Esta manera natural de cocinar sobre la tierra es conocida en la cultura maorí como hangi.

El guía también nos enseñó la importancia de los tatuajes en esta cultura. El “moko” es una demostración de los logros de la vida. Esta técnica ancestral también indicaba jerarquía; el líder de la tribu siempre tenía más tatuajes como muestra de su poder. Los hombres se tatuaban la cara, el pecho y las piernas. Mientras que las mujeres los labios, el mentón y los brazos. El moko aunque fuera muy grande y en una zona muy dolorosa tenía que realizarse en un día, sino era muestra de cobardía.

En cuanto al arte, la mayor parte de los objetos nació con una función práctica o religiosa y se los considera valiosos por haber sido heredados de sus antecesores y ser depositarios de un significado mágico y religioso. Entre las artesanías más representativas del arte maorí se destacan la escultura y los ornamentos hechos en jade o huesos.

Los principales símbolos del arte maoríes son:

1) Tiki: Es respetado como símbolo de sabiduría, posee claridad de pensamiento, gran conocimiento y fuerza de carácter. También es considerado un amuleto que trae buena suerte y fertilidad.

2) Manaia: Se dice que es el mensajero entre el mundo terrenal de los mortales y el dominio de los espíritus. Es un guardián contra el mal.

3) Twist: Representa los muchos caminos de vida y amor y es conocido como el símbolo de la eternidad. Los dobles Twist se refieren a la unión de dos personas o culturas.

4) Koru: Representa la hoja del helecho que trae nueva vida. Significa crecimiento personal, cambios positivos, armonía, tranquilidad y esperanza en el futuro.

5) Fish hook: Representa la fuerza, prosperidad, abundancia, fertilidad y gran respeto por el mar. Se dice que da buena suerte y seguridad cuando se viaja por agua.

Whahiao es la casa de encuentro de los maoríes en la comunidad. Aquí solo se puede entrar con una invitación. Es obligatorio sacarse los zapatos antes de entrar y el hombre, al que se lo describe como líder y protector, debe estar siempre por delante de la mujer y los niños. El Parekohuru, por su parte, es la pileta más larga de la comunidad y es conocida por sus poderes mágicos curativos debido a los minerales que posee el agua.

Las otras grandes atracciones del lugar son las iglesias y los cementerios. Las iglesias están rodeadas de esculturas (carvings) que representan diversos antecesores del Te Arawa (una tribu maorí) y sirven como guardianes y protectores del templo. Éstas están pintadas de color rojo que significa vida y los rostros siempre están tallados con los ojos saltones o tienen las lenguas afuera para demostrar la valentía y el poder a los oponentes.


Como el color negro en la cultura maorí significa la muerte y el blanco la vida después de la muerte, las tumbas de los cementerios están pintadas de blanco. Además, éstas están en las colinas debido a que por las altas temperaturas del suelo no pueden enterrar a los muertos en la tierra. A su vez, los jefes de la tribu están siempre en lo más alto de las colinas para demostrar su jerarquía.

Pozos de barro burbujeante, piletones de agua hirviendo, terrazas con minerales y geysers en erupción son otras de las maravillas naturales que se pueden apreciar en esta comunidad. Whakarewareka tiene un paisaje único con una actividad geotermal activa que está en permanente cambio.

Para terminar esta excursión histórica, presenciamos una performance maorí. Ésta consistió en disfrutar de una vibrante demostración de la conocida danza guerrera llamada “Hakka”. Los maoríes cantaban, daban fuertes palmadas con las manos y golpeaban los pies en el suelo, combinando todos sus movimientos de forma agresiva para expresar el coraje de los guerreros. Además, escuchamos la canción Waiata a Ringa y con la participación del público el elenco bailó el famoso Poi Dance. Para ver de qué se trata les recomiendo este link: http://www.youtube.com/watch?v=HiTMY3Xpv7o


Luego del entretenido concierto me di el gusto de realizar el “hongi” con un maorí. El hongi es un saludo que consiste en tomarse las manos y tocar suavemente las narices. La tradición dice que en ese roce ambas personas respiran un mismo aire puro. Al hacer esto, ya no se considera a esa persona como un visitante sino que pasa a ser alguien de la tierra.

Además, dicen que si esta costumbre se realiza tres veces es un pedido formal de matrimonio. Aunque me acordé de mi amigo JM que me pidió que me consiguiera un maorí grande (y este sí que cumplía esa condición) para que me lo trajera a Argentina para que él formara un gran equipo de rugby, decidí realizarlo una sola vez. Digamos que no fue amor a primera vista.
Taupo y Waitomo Caves
El último día de esta segunda semana nos dirigimos al Lago Taupo, conocido por ser el más grande de NZ y por su condición para pescar. En esa zona varios aprovecharon el hermoso paisaje para realizar actividades extremas como por ejemplo bungy jumping, jetboating, rafting, etc. Nosotras en esta oportunidad solo observamos debido a los altos precios de las actividades.


Por último y antes de regresar a Auckland, pasamos por las cuevas de “Waitomo” que significa agua que ingresa a un agujero en la tierra. Este lugar es un antiguo laberinto de cuevas y formaciones de piedra caliza en donde a través de un recorrido en un bote silencioso se puede observar en la oscuridad, una incesante cantidad de gusanos luminosos, una especie de luciérnaga única en Nueva Zelanda.

En este viaje, ¿Será verdad que…
- Algunas querían ir a Long Bay y por equivocación se bajaron mucho antes?
- Alguien pagó más caro el micro por no tener el boleto Upper?
- Alguien pagó de más un mes entero los boletos de los micros de su zona?
- Algunas se robaban los chococrispis del desayuno del hostel?
- Algunas vivían a fideos y a pan con atún en los hostel?
- Algunas bailaron el Poi dance muy graciosamente?
- Al guía de Waitomo Caves no se le entendía nada de nada?
- Algunas sacaban fotos en la oscuridad de la cuevas?
- El ruso del viaje a Rotorua hacía ruidos extraños?